Días de sol, crianza y coronavirus

Ya me gustaría en esta ocasión contarles anécdotas graciosas cómo la de mis primeras experiencias con la gran cantidad de ratones que tiene este país, de mi sorpresa al verlos correr en mi casa como si fuera la suya. A tener que convivir con ellos por algún período y a identificarlos como “ratones de primer mundo”, porque a mi modo de ver estos son roedores ricos, de primera. Quizás en otro momento pueda explayarme en este tema, quizás pueda hacerlo cuando todo esto pase.

Pero hoy no, hoy les escribo desde otro lado, desde una cuarentena a la que casi me he acostumbrado, pero que aún así añoro que acabe, o mejor dicho, que sea virus el que se extinga.Hoy quiero contarles cómo ha sido convivir con el encierro obligado, visualizando y leyendo cómo se ha ido desarrollando el virus aquí, pero con más dolor y preocupación por lo que sucede con él en mi país, en Uruguay, donde está el resto de mi familia y mis amigos de toda la vida. Quiero hablarles del sentimiento que genera estar físicamente en un lugar pero con el corazón y la mente en lo que sucede en dos, y a su vez, estar experimentando la maternidad con la felicidad que conlleva pero también adaptándome a todos los cambios que trae consigo.

Porque a decir verdad, en mi caso, esta cuarentena no ha hecho grandes modificaciones en mi rutina diaria, los cambios en mi nueva vida llegaron hace cuatro meses cuando nació mi hijo Pedro. Él fue el encargado de revolucionarlo todo: llegó a modificar mi mundo, mis horas de sueño, de lectura, de ver series, y también lo ha llenado aún más de amor, de eso, no tengo ninguna duda. Pero la maternidad también tiene sus momentos difíciles, de estrés. Y aunque esté acompañada por mi pareja que es un gran papá, el cansancio de ser madre primeriza es inevitable. Hay momentos donde desearía dormir tres días seguidos sin ninguna preocupación o simplemente una siesta sin sentir culpa porque me puede necesitar y no estoy despierta a su lado. El bebé nace y con él, una batería de miedos, de no estar a la altura, de no estar haciendo lo correcto. Y si a todo esto se le suma la distancia con la familia y la aparición de un virus, todo se puede volver algo caótico, por el cansancio, la incertidumbre de lo que pueda pasar y el miedo al contagio.

Así que así me encuentro, intentando conjugar los tiempos entre los cuidados de mi hijo, mis necesidades y deseos personales y los momentos con mi pareja. Viviendo y aprendiendo mi nuevo rol de mamá y compaginándolo con la Milka de antes. Pero también y, para estar a tono con el resto de las personas que han buscado una distracción para ocupar sus días caseros, estoy haciendo más ejercicio físico, incursionando en la cocina, pero con cuidado: no quiero comerme todo, tengo pasar por la puerta cuando se pueda salir normalmente.

A decir verdad, este confinamiento – el hecho de mantenerme adentro- no ha sido un gran problema para mí, porque previo a la llegada del coronavirus a Países Bajos, el frío del invierno hacía que ni mi pareja, ni mi hijo ni yo saliéramos mucho. No había necesidad de exponer a la criatura a las bajas temperaturas y a las continuas lloviznas características de esta zona; y casi como un chiste cuando los días feos pasaron y Pedro por fin (con dos meses) iba a conocer el sol y los parques de la ciudad, llegaron las medidas de permanecer adentro el mayor tiempo posible. Aunque aquí es posible realizar pasear cortos en familia, nosotros preferimos esperar para sacar a nuestro bebé, así que seguimos en casa, con la novedad para él de haber conocido el astro rey por lo menos desde nuestro patio.

Los días lindos, llenos de luz, con temperaturas agradables, levantan el ánimo, dan cierta energía, más aún por estos lados que escasean en demasía. Nosotros esperamos la luz del sol todo el año, así que ahora hemos estado disfrutando de este tiempo como buenos uruguayos, prendiendo la parrilla todos los fines de semana, comiendo un rico asado, igual, igual que si estuviéramos en Montevideo, con música, mate y carne de compañía. ¡Hay costumbres que ni una pandemia pueden cambiar!

Antes, por estas fechas, mi pareja y yo solíamos ir a caminar a la orilla del río Amstel o íbamos a algún parque a tomar mate. Allí veíamos como los holandeses, felices e entusiasmados con los primeros calorcitos, disfrutaban tirándose semi-desnudos en el pasto, al mejor estilo lagarto. Pero ahora nuestra toma del mate la acompañamos mirando a los vecinos hacer lo mismo (tirarse a disfrutar del sol) pero en sus casas, de forma que no extrañamos tanto esa salida, solo cambiamos el escenario. Y la verdad es que nos continúa pareciendo gracioso porque para nosotros, con 20 grados, aún no consideramos que esté para estar de malla o/y shorts. De hecho aún conservamos una ligera campera entre nuestras prendas cotidianas.

Es mi tercera primavera en este país y, sinceramente, no recuerdo que en las dos anteriores haya habido tantos días soleados de corrido en marzo y abril como ahora, parece una broma holandesa: tenemos sol, pero restringida nuestra libertad.

Por otro lado, estar en casa puede ser muy positivo también, ¿cuántos se han adentrado en las artes, en la actividad física como estoy intentando yo, o ya se recibieron de maestros de tanto ayudar a sus hijos a hacer las tareas de la escuela? Aunque a juzgar por las imágenes que podemos ver en las redes sociales, la gran mayoría, ya tiene el título moral de chefs. Así que por favor, a todos estos nuevos cocineros que habitan aquí en Países Bajos, les imploro: ¡no se olviden de las bitterballen! ¡este es el momento de saber de qué están hechas realmente! ¡A investigar, señores! Quizás igual continúe prefiriendo nuestras croquetas latinas y españolas, ¡pero el conocimiento culinario holandés no viene mal!

Ya volverán los días en que podamos salir sin preocuparnos y disfrutar de las actividades al aire libre sin miedo al contagio. Ya llegará el momento en el que recordemos este período como un capítulo triste y oscuro del que supimos salir adelante. Pero por ahora toca estar en casa, cuidarnos, estando juntos virtualmente pero separados físicamente de nuestros amigos que viven aquí, porque de la familia ya hace rato que lo estamos. Unidos es la mejor forma de transitar esta crisis sanitaria que pronto pasará.

 

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2 Comments

  1. Felicitaciones por ese regreso a la escritura, por esa flamante maternidad y por el artículo!! Me encantó!! Y para quiénes hemos estado en Holanda alguna vez en la vida, también nos surge esa misma duda existencial (y aún por develar): ¡¿De qué están hechas las bitter ballen?! Jaja. Mientras lo pensamos, quedémonos en nuestras casas. Saludos!!

  2. Muchas gracias por tu comentario, Mariana.
    Nos alegramos de que lo hayas disfrutado.
    Saludos. Y hasta la próxima.

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