HOLANDA INTERIOR

Aprender a soñar y a desilusionarse: cuando la realidad nos arrolla

Idealizar

Recuerdo la primera vez que llegué a Londres, recuerdo la primera vez que abrí la puerta de un restaurante llamado C´est Ici, en pleno centro de la ciudad, en Oxford Circus. Dos días después de aterrizar en Heathrow encontré una habitación en la parte este. Los dueños de la casa, una pareja brasileña encantadora, me hablaron de un amigo que trabajaba como cocinero en un restaurante en el que buscaban camareras. Yo tenía 22 años, acababa de terminar la carrera y estaba decidida a perfeccionar mi inglés adentrándome directamente en la jungla. Claro que yo, antes de llegar, no pensaba que aquello fuera a ser la jungla. Me imaginaba Londres como una ciudad llena de posibilidades, mi Nueva York a mano, el brillo de las farolas en el Támesis desde el Puente de Londres, los teatros, un mundo de creación, libertad y esperanza donde todo era posible.   

Así pues, a las dos de la tarde de un extraño día soleado, después de un viaje de una hora en la planta de arriba de un double-decker bus, estaba frente a la puerta de C´est Ici. Las calles de aquella área en concreto, llamada Kingley Court, estaban abarrotadas de turistas y hombres de negocios. Los maletines de cuero se mezclaban con las gorras de publicidad de una aseguradora. Escuchaba hablar inglés a mi alrededor con un acento que no reconocía. No entendía nada. Ni siquiera comprendía los carteles de publicidad en el metro. Recuerdo que por aquel entonces la cantante Lily Allen era la imagen comercial de una cadena de televisión de pago inglesa y que su cara llenaba las paradas de autobuses con una frase que era algo así: “When I arrive home, and the kids are in bed, I take an ice-cream and I watch TV” y en letras muy grandes: Bliss. Recuerdo que entendía la primera parte del anuncio, pero aquella palabra no la había escuchado nunca. Mi ofuscada negativa a buscar la palabra en el diccionario fue parte de una proposición que me hice: “cuando consiga aprender sola lo que significa esa palabra, entonces podré decir que he dado un paso importante en mi aventura”, decidí.

Abrir la puerta

Por lo tanto, parada -o más bien paralizada- frente a la puerta del restaurante en el que tenía la entrevista para trabajar de camarera, todos estos inputs que eran entonces indescifrables para mi cerebro se hicieron muy presentes. Me di la vuelta, choqué con una señora con los brazos llenos de bolsas de papel del Primark, y decidida cogí mi móvil para llamar a mi casa y decir: “Me quiero volver, estaba equivocada, esto no es para mí, nunca podré vivir y trabajar aquí”. Llegué hasta la esquina que daba de nuevo a la gran avenida de Oxford Circus. Aún con el teléfono móvil en la mano. Sentí cómo mi corazón latía muy rápido, tenía ganas de llorar. Creo que fue la primera vez en mi vida que realmente me daba cuenta de lo que estaba pasando en mi cuerpo y de lo que estaba sintiendo. Teniendo toda esta tormenta dentro de mí me di la vuelta, guardé el móvil, dejé de escuchar a mis pensamientos. Llegué de nuevo frente a la entrada de C´est Ici, el restaurante estaba a rebosar -lo veía a través de la puerta de cristal- cogí el pomo de plástico y lo giré. La puerta se abrió y yo entré con mi tempestad, y con todas mis inseguridades seguí caminando sin preguntarme por qué ni para qué. Aquella noche llegué a mi casa siendo oficialmente camarera de un restaurante londinense.

Desilusión

Después de ese día pasé dos años viviendo y trabajando en Londres. Por suerte, no estuve esos dos años en el mismo sitio, pero mis ideas, o más bien la idealización que hice de Londres y mi experiencia allí no tuvieron nada que ver con la realidad. O al menos no mucho que ver con la realidad. Aquellos dos años, en los que sólo tenía un día libre a la semana, sí estuvieron llenos de arte, de libros, de viajes en autobús -siempre en la segunda planta-. También estuvieron regados de personas que me hicieron huella, algunas de ellas creativas y tremendamente inteligentes e interesantes de las que aprendí gran cantidad de cosas. Pero el golpe con la realidad fue también grande.

Y es que creo que las personas inmigrantes tenemos la capacidad, muy valiosa por otra parte, de poder imaginar no sólo futuros sino presentes mejores, distintos, abiertos. Creemos fielmente que la realidad es y puede ser muy distinta cuando cambias de ambiente, de cultura, de lo conocido. Muchas veces esa esperanza nos mantiene a flote. Pero es esa misma esperanza la que, a veces, nos hace encontrarnos con que nuestras ideas no tenían nada que ver con la vida que nos encontramos en cierto momento en el país al que emigramos. Ya sea porque no encontramos el trabajo que nos llena, o porque no somos capaces de conectar o aceptar la cultura, o porque nos damos cuenta de que una relación sentimental en la que creíamos no funciona en realidad.

Equilibrio

No voy a concluir con que lo mejor para no desilusionarse es no soñar, no seguir a un amor en el que crees, no aceptar un trabajo mejor, no imaginarse un ideal de vida plena y resignarse a no sentir para no sufrir. Hablo de utilizar esa misma capacidad de soñar, de ilusionarse y de idear presentes alternativos, para aceptar, con el mismo brillo en los ojos, una realidad que a veces no se corresponde con nuestros sueños. Vivir mirando a las estrellas a pesar de estar en el barro, que decía Oscar Wilde. Caminar por el barro, avanzar, hacer elecciones y responder de acuerdo con nuestros valores mientras miramos a las estrellas y precisamente por ello tropezamos a menudo. Hacer con nuestras huellas el camino, como ya dijo el gran poeta.

Al final, muy al final de mi estancia en Londres, encontré el significado de la palabra bliss. No fue en un diccionario, fue en la parte de arriba de un autobús que recorría el este de Londres. Una felicidad de bolsillo, siempre a mano, manejable, cómoda. También descubrí gracias a una canción de The Smiths que escuché repetidas veces en momentos tristes -como siempre que se escucha a The Smiths- que a los autobuses en Londres se les llama double-decker. Tengo la certeza de que podemos seguir soñando porque gracias a esos sueños damos brillo con nuestra mirada a la realidad opaca que se nos presenta en los momentos de desilusión. Así es como se traducen las palabras que no se quieren buscar en el diccionario. Viviendo.

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *