Descubriendo Zelanda, “la tierra del mar”

Hay mil motivos por los que merece la pena visitar Zelanda, en neerlandés, Zeeland o “tierra del mar”: disfrutar de sus playas de arena blanca; descubrir sus pintorescos pueblos marineros; observar a focas y marsopas nadando en las aguas del mayor Parque Nacional del país; recorrer los impresionantes diques del Plan Delta; saborear la excelente gastronomía marinera de la región o, simplemente, perderse en su histórica y encantadora capital, Middelburg. Zeeland tiene un rincón reservado para cada uno.

Zeeland acoge el mayor Parque Nacional de los Países Bajos, el Oosterschelde: un mar interior de agua salada formado tras la construcción, en 1986, de los grandes diques del Plan Delta. Su sistema de compuertas, que permite la entrada y salida de 800 mil millones de litros en cada marea, ha permitido respetar el flujo natural del agua y evitar lo ocurrido en el Ijselmeer, que perdió su salinidad y se convirtió en un lago artificial tras la construcción del Dique de Cierre (Afsluitdijk) en 1932. En Zeeland, las compuertas sólo se cierran en caso de riesgo de inundaciones, cuando el nivel del mar está 3 metros por encima del NAT (Nivel Normal de Ámsterdam).

Gracias a la protección del ecosistema marino, el Oosterchelde es hoy un pequeño paraíso de aguas tranquilas y abundante alimento elegido por más de ochenta especies de aves acuáticas para descansar durante sus migraciones o para anidar de forma permanente. No son los únicos residentes. En el Oosterchelde habita una colonia formada por un centenar de focas, grises y comunes, a las que no es difícil ver nadando mientras pescan o descansando en un banco de arena cuando la marea está baja. También es fácil atisbar la aleta y el lomo grisáceo de las marsopas (un cetáceo parecido a los delfines) emergiendo del agua en días de poco viento. Un magnífico espectáculo natural que se puede disfrutar desde la orilla, en bicicleta, caminando, o desde el agua mismo, navegando en uno de los numerosos barcos que recorren el parque o descubriendo sus rincones más escondidos a bordo de un kayak.

Playas para todos los gustos

Zeeland es azul como su agua y verde como sus pólderes, pero también del color blanco y dorado de la arena de sus playas. La provincia cuenta con 650 kilómetros de costa repartidas por las distintas islas que componen el territorio y garantiza una opción perfecta para todo el mundo. Los amantes de las playas vírgenes pueden acercarse a las populares ’t Oude Vuur —una idílica playa frente a un cinematográfico faro en la isla de Showuen- Duiveland—, o ’t Zwin en Retranchement, muy cerca de la frontera con Bélgica. Para quienes viajan con perro, Berkenbosch es la mejor opción, ya que permite el acceso de canes durante todo el año. Ouddorp, Oostkapelle y Cadzand son muy populares entre las familias, ya que cuentan con zonas de juegos infantiles y servicio de vigilancia durante los meses estivales. Esta última, la playa más meridional del país, es también conocida porque en su arena se pueden encontrar dientes de tiburón prehistóricos que la convierten en el paraíso de los pequeños exploradores.

Los amantes del deporte se suelen dar cita en las playa de Brouwersdam donde las olas y el viento permiten la práctica de windsurf o vela mientras Scholderlaan y Watergat, en el municipio de Renesse, son el paraíso de los kitesurfistas holandeses.

Emergida de entre las aguas de tres ríos (Rin, Mosa y Escalda), dos mares (el mar del Norte y el mar interior conocido como Oosterschelde), y un estuario (el WesterSchelde), la fisionomía de Zeeland está profundamente marcada por el agua.

Sus seis islas (Schouwen-Duivenland, St Philipsland, Tholen, Noord Beveland, Walcheren y Zuid-Beveland) permanecen hoy interconectadas por una red de carreteras que discurren sobre kilométricos diques, convirtiendo la región en una especie de gran península esculpida sobre el agua. Sólo su sección más meridional, el Flandes zelandés, se extiende sobre tierra firme y actúa como frontera con la vecina Bélgica.

Pueblos y ciudades con encanto

La más marinera de las doce provincias del país cuenta con numerosos y pintorescos pueblos. Zierikzee, en la cara sur de la isla de Schouwen-Duivenland, es uno de ellos. Fundado en el siglo X, de la época dorada de su antiguo puerto (Oude Haven) se conserva la que fuera puerta sur de la ciudad, la ZuihavenPoort, del siglo XIV y, frente a ella se alza la Noordhavenpoort, del siglo XVI. Muy cerca, la animada Havenplein aloja numerosos cafés y una histórica iglesia protestante con soportales. Pero las construcciones que permiten identificar Zierikzee desde la distancia son la Torre Gorda (Dikke Toren), la torre del antiguo ayuntamiento (coronada por una veleta en forma de barco) y el “puente de Zeeland” (Zeelandbrug), de 5022 km, que desde su inauguración en 1965 y hasta 1972 ostentó el honor de ser el más largo de Europa. 

Veere es otra de las pequeñas maravillas de la zona. Merece la pena perderse por sus callecitas, que parecen salidas de un cuadro de Vermeer, y pararse a observar la magnífica fachada de su ayuntamiento, del siglo XVI. La población conserva aún el encanto tranquilo de una villa marinera, y su antigua torre fortificada (Campversee Toren) sigue vigilando el acceso al antiguo puerto comercial que hoy da amarre a numerosos yates. A pocos kilómetros de Veere se encuentra Middelburg, la capital de Zeeland. Con más de mil años de historia, su centro urbano ofrece en una cómoda extensión todo lo que un visitante querría encontrar: un rico patrimonio arquitectónico, (con su gigante abadía del siglo XII coronada por la impresionante torre Lange Jan y su precioso ayuntamiento gótico como principales atractivos), animadas calles comerciales, mercados semanales, plazas llenas de cafeterías y bares y una oferta gastronómica excelente.

Ingeniería integrada en el paisaje

Desde que los primeros pobladores se instalaran en el territorio hace 15.000 años, su lucha contra el mar ha sido una constante. La tierra fértil y su magnífico acceso al comercio naval les animaron a no abandonar un terreno que, periódicamente, quedaba anegado por las aguas: hay constancia de que más de 100 pueblos de la zona fueron destruidos por inundaciones a lo largo de la historia. Un caso emblemático es el de Koudekerke, del que tan solo sobrevivió su torre de la iglesia, la Plompe Toren. Hoy, esta construcción medieval ofrece a los visitantes una atalaya perfecta desde la que observar la planicie zelandesa. No es de extrañar, por tanto, que los diques hayan formado parte del paisaje de la región desde el origen de los tiempos. Pero, pese a su progresiva sofisticación, la batalla contra el mar se volvió a perder durante las grandes inundaciones de 1953, que causaron más de mil muertos y fueron el origen del Plan Delta, el sistema de diques que hoy recorre y protege el sur de Holanda. Junto a ellos, sobre ellos, los molinos de viento dibujan los contornos del paisaje de Zeeland y definen su silueta. En cualquier dirección, sus aspas aparecen sobre el horizonte recordando que los zelandeses han sabido convertir las dificultades en oportunidades.

La Plompetoren, el único resto del antiguo pueblo de Koudekerk. Foto: Belén C.Díaz

 

Nadie debería abandonar Zeeland sin haber disfrutado de su excelente gastronomía marinera. Mejillones, almejas, gambas, ostras, navajas, langostas y bueyes de mar de la zona protagonizan una cocina basada en un producto de mar de calidad que sirve de materia prima a los siete restaurantes con estrella Michelín que hay en la provincia. Para quienes opten por opciones más sencillas, aquí van algunas ideas: Oesterij, que cuenta con su propio criadero de ostras y mejillones, el Gran Café de Werf en Zierikzee, Vriendschap en Middelburg, el Gran Café Helder en Reneese o cualquiera de los chiringuitos (strandpaviljoen) que hay en las playas de la región. Los más golosos deben probar los bolussen (pastelillo típico zelandés que recuerda por su forma a una ensaimada) y llevarse de recuerdo una bolsa de boterbabbelaars, los tradicionales caramelos de sirope.

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