Voluntarios, la otra clase social de Holanda

La mitad de la población en los Países Bajos realiza algún tipo de voluntariado o ayuda social de forma continuada. Según el Centro Nacional de Estadística (CBS), el perfil del voluntario es el de una persona de origen holandés o autóctono, con un nivel educativo alto, de mediana edad y con trabajo estable. Pero en los últimos dos años, la crisis de los refugiados y el término de “sociedad participativa”, acuñado por el rey Guillermo en su primer discurso de la Corona, han tenido calado y la élite solidaria neerlandesa se ha ido democratizando poco a poco. Ya sea en clubes deportivos, actividades escolares o de protección del entorno, todos están llamados a echar una mano. Una labor popular que además de favorecer la integración y la cohesión social, representa entre un 3 y un 5 por ciento del PIB.

En uno de los parques infantiles del sur de Leiden cuelga un letrero en el que se lee: “buscamos voluntarios para encargarse de la tienda de chucherías los fines de semana”. Y es que en los Países Bajos es habitual encontrar al padre de un chaval que juega al fútbol sirviendo los refrescos en el bar del club o a una madre a la caza de piojos en las decenas de cabezas pizpiretas que hacen cola en una típica escuela de primaria. Además del voluntariado, ocho de cada diez holandeses es miembro de alguna asociación y un tercio realiza algún tipo de asistencia informal con personas dependientes. La sociedad participativa forma parte de la identidad del país aunque en los últimos años este rasgo cultural se ha secularizado y modernizado hasta hacerse casi obligatorio. Según un estudio realizado en 2014 por la Comisión Europea sobre la situación del voluntariado en Europa, Holanda encabeza la lista de los países que más voluntarios tienen aunque al mismo tiempo establece que más de un 60% de éstos no lo hacen por iniciativa propia. “Antes tenía un carácter religioso, pero ahora lo que favorece el voluntariado en Holanda son tres factores: por un lado, el Gobierno está dedicando muchos esfuerzos a transmitir el mensaje de que todos tenemos el deber de colaborar. Desde la crisis esto se oye más que nunca, y eso también repercute en la importancia que le da cada uno a la labor social. Además somos un país de emprendedores, y en esa idea de iniciar proyectos nuevos también existe la posibilidad de hacerlo sin ánimo de lucro; y por último, el paro es muy bajo y el bienestar de la gente es bueno, y eso también tiene un impacto. Muchos estudios aseguran que uno está más dispuesto a ayudar y a dedicar parte de su tiempo cuando le van bien las cosas” explica Mark Molenaar, portavoz de NOV, la mayor agrupación de organizaciones dedicadas al voluntariado en los Países Bajos.

Profesionales gratuitos

Si bien el CBS publicó un estudio en 2015 sobre la cohesión social en Holanda en el que enfatizaba el perfil autóctono de la mayor parte de los voluntarios, este año ha vuelto a referirse al asunto ofreciendo datos que demuestran una popularización de la labor social que entiende menos de raza, religión, origen o clase social. Aunque no existen cifras oficiales, de entre los más de 10.000 voluntarios que se han ofrecido a ayudar durante la llamada crisis de los refugiados desde 2015, una buena parte son holandeses bilingües o alóctonos que han ayudado en labores de traducción o de papeleo legal. “No cabe duda de que esta crisis ha movilizado a gente de todo tipo, sobre todo en iniciativas muy pequeñas y a nivel local” asegura Molenaar. Aunque se trata de un ejemplo puntual, el repunte en el número de asociaciones de voluntarios de los últimos años demuestra la capacidad organizativa pero también la sistematización de una ayuda, que por muy informal que sea, se llega a profesionalizar en exceso. En línea con el estudio de la Comisión Europea que advierte de los peligros de exigirle a los voluntarios habilidades y competencias demasiado específicas, Molenaar asegura que este es el mayor problema del voluntariado actual: “la pregunta que debemos hacernos es si todo el trabajo no remunerado que se realiza debería ser gratis o no. Porque hay muchas labores que requieren cierta profesionalidad y que por tanto deberían ser ejecutadas por personal contratado, no por voluntarios. En los años setenta, el voluntariado más profesionalizado empezó a pagarse, y ahora ocurre lo contrario: si se puede hacer gratis, ¿por qué pagarlo? No debería ser así”. El valor económico del voluntariado en los Países Bajos, Austria, Suecia y el Reino Unido es el más alto de la UE, y se sitúa entre el 3 y el 5 por ciento del PIB del país: un porcentaje nada deleznable si se tiene en cuenta que en ámbitos como el deporte, las cerca de 25.000 asociaciones y clubes que hay en Holanda emplean a nueve de cada diez miembros de su personal como voluntarios.

La ayuda que computa y la que no

El término “voluntario” se acuñó por primera vez en el siglo XVII para referirse a los jóvenes que decidían alistarse en el ejército por iniciativa propia. De la jerga militar derivó a la eclesiástica hasta que la vocación de servicio y la asistencia social se transformaron a mediados del siglo XX abarcando todas las áreas de la vida en comunidad. “Hoy la gente tiene menos tiempo, así que las horas que se dedican al trabajo no remunerado están muy estructuradas y planeadas con antelación. Además, ahora suelen ser tareas más temporales, no son como los voluntarios de hace años que se pasaban toda su vida ayudando en la iglesia” explica Mark Molenaar. En Holanda la gente dedica una media de tres a cuatro horas semanales a voluntariado. Los más habituales son los relacionados con las asociaciones deportivas, la educación de los hijos y el cuidado de enfermos, por lo que la mayor parte de los voluntarios tienen entre 35 y 45 años y se encuentran en plena crianza de sus hijos. Mientras el tipo de trabajo varía en todos los casos, los de la salud son los más demandantes y en los que se exige un perfil profesional más específico. En estos casos, la sociedad holandesa distingue entre voluntariado de atención al enfermo y ayuda informal a una persona cercana dependiente (mantelzorg), ya sea por una enfermedad crónica o una discapacidad. En este último caso, la responsabilidad es menor, no está profesionalizado y no se enmarca dentro de una organización, como ocurre con los voluntarios. En 2015, con el fin de recortar gastos, el Gobierno descentralizó la atención a las personas dependientes. Desde hace un año, los subsidios para financiar a los trabajadores sociales a domicilio ya no provienen del Estado sino de cada ayuntamiento. En consecuencia, según el CBS, los ayuntamientos han ahorrado 1.200 millones de euros en la atención continuada de niños, jóvenes y personas dependientes. Junto con las llamadas enfermeras “de barrio”, han sido estos asistentes informales: parientes, amigos y voluntarios improvisados, los que han cubierto el hueco que cientos de trabajadores sociales han dejado libre desde hace meses.

Kees Veldboer, fundador de la ONG Ambulance Wens

Son voluntarios especializados en hacer realidad el último deseo de personas enfermas, aquellas que yacen en la cama de un hospital y para las que desplazarse a otro lugar es una tarea imposible. Hace diez años, Kees Veldboer y su mujer pusieron en marcha esta organización que cuenta con 230 voluntarios entre médicos, enfermeras y conductores de ambulancia. Juntos han logrado satisfacer los deseos de casi 8.500 personas en los Países Bajos y su iniciativa ya se ha implantado en otros países como Bélgica, Israel o Ecuador.

¿Cuál es el perfil de los voluntarios de su organización?

En nuestra ONG trabajan profesionales que además de hacer su trabajo diario, pueden dedicarle a esto algo de su tiempo. Desde un día a la semana hasta un día al mes, su disponibilidad varía mucho pero lo cierto es que la mayoría están con nosotros mucho tiempo. El 80 por ciento de los voluntarios que tenemos lleva aquí desde que empezamos hace diez años. A pesar de las vidas ocupadas que puedan tener siempre encuentran el hueco para hacer este voluntariado porque les reporta mucho. Casi todos ellos son médicos y enfermeras que gracias a Ambulance Wens pueden pasar un día completo con un paciente, algo que no ocurre en su trabajo diario en un hospital.

¿Cómo organiza usted a este equipo de voluntarios para responder a todas las solicitudes de deseos que reciben?

Cada mes consulto su disponibilidad a todos los voluntarios para asegurarme de que a diario contamos con entre 15 y 20 personas. Puede ocurrir que nos llamen con un caso urgente y debemos responder en un día o dos, y para estos casos intentamos que haya un buen número de voluntarios que puedan salir con la ambulancia en poco tiempo.

Su idea se ha implantado en otros países, ¿hay diferencias culturales en el modo en que una persona acepta que va a morir y, por lo tanto, pide su último deseo?

Sí, supongo que las diferencias culturales se ven en el número de deseos que se piden. En Bélgica, por ejemplo, la organización existe desde hace varios años y mientras nosotros realizamos cinco o seis peticiones al día, ellos hacen una o dos al mes. Quizás sea por un aspecto religioso, porque los pacientes en sus últimos momentos prefieren preocuparse por los deseos de los que le rodean y no por los suyos propios. O quizás porque sencillamente tienen menos necesidad de hacerlo. No sé qué es lo que nos diferencia pero lo que parece claro es que a los pacientes holandeses les cuesta menos tomar la decisión. Normalmente, las peticiones nos llegan de enfermeras, médicos o familiares que quieren regalarle a una persona este último deseo. En Israel por ejemplo, los cuidados paliativos se alargan al máximo y en cambio aquí es habitual encontrar a un médico que le dice claramente a un paciente que ya no puede hacer nada más por él. Esa es una diferencia cultural muy clara. Y en Holanda, en regiones como Zeeland y Friesland donde la gente es más religiosa recibimos menos peticiones. Por el contrario, solemos recibir más de gente de la ciudad.

Han ido con pacientes encamados a partidos de fútbol, museos, zoológicos e incluso a otros países como Rumanía. ¿Han tenido que pedir permisos para trasladar a pacientes ingresados y con una salud tan delicada a todos estos lugares?

No, nunca he pedido ningún permiso para nada. Llevo diez años haciendo esto a diario y todavía no me he encontrado a nadie que nos haya pedido rellenar nada. Entre nuestros voluntarios tenemos profesionales de la salud muy especializados: por ejemplo 40 trabajan en Unidades de Cuidados Intensivos. Así que todo el mundo nos deja. Y nosotros sencillamente lo hacemos.

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