Vlieland, una isla a la que querrás volver

Érase una vez una isla donde el silencio “hablaba”, las focas se “tostaban” al sol y los turistas pedaleaban despreocupados entre las dunas y los bosques de pinos. Nos referimos a Vlieland, una de las islas más bellas del archipiélago de las Frisias: la cadena de islas que se extiende desde el norte de los Países Bajos hasta Dinamarca y que ha sido incluida por el New York Times en su lista de lugares para visitar en 2019.

Esta pequeña isla de apenas 36 kilómetros cuadrados es la segunda localidad menos poblada de los Países Bajos y, de las islas Frisias, es la más alejada del continente. Al igual que el resto de sus compañeras está situada entre el Mar del Norte y el Mar de Wadden: un peculiar ecosistema marino que en verano es posible explorar a pie. Pese a su tamaño, Vlieland tiene un extenso corazón verde por el que se puede pasear a la sombra de árboles centenarios, descansar junto a un estanque de nenúfares u observar la incesante actividad de las aves que eligen sus zonas protegidas para hacer un alto en el camino, o traer polluelos al mundo.

Un entorno natural que la convirtió en destino turístico a principios del siglo XX y que los isleños han sabido preservar apostando por la sostenibilidad y la calidad por encima del euro fácil. Como consecuencia, hoy sus prístinas playas invitan a caminar o relajarse en la arena blanca lejos de la masificación que caracteriza a muchas de las playas continentales. Y esa paz o silencio parlante, que daba título a un documental de los años 30 sobre la isla, sigue definiendo a un lugar en el que los turistas están obligados a despedirse del coche para disfrutarlo y los patos tienen preferencia de paso. Pero que también cuenta con eventos tan mundanos como festivales de música y cine o eventos deportivos. Eso sí, a la medida de la isla y respetuosos con su esencia.

Vlieland es el destino ideal para viajeros de todas las edades que quieran dejarse llevar por el relajado ritmo isleño, soñar con tesoros sumergidos o aventurarse por el “Sahara” del norte, la parte más occidental de la isla, para ver al mamífero más popular de estos mares que suele retozar en sus bancales de arena.

Oost Vlieland: Tenderetes, huesos de ballena y zepelines de color rosa

Originariamente la isla contaba con dos poblaciones, Vlieland Oriental y Vliedand Occidental, hasta que los habitantes de esta última tuvieron que rendirse ante la fuerza del mar y lo abandonaron.

En la actualidad, la mayor parte de la vida comercial de la isla se concentra en Dorpstraat, la calle principal de su único pueblo, Oost Vlieland (Vlieland Oriental). Tiendas, mercadillos veraniegos, agradables terrazas, pequeños restaurantes y hoteles, el cine y el Museo Tromp’s Huys – el museo por excelencia de la isla–, todos se alinean a lo largo de esta animada calle.

Alojarse en Dorpstraat tiene como ventaja que se puede ir caminando desde la terminal del barco y experimentar de primera mano cómo se vive en un típico pueblo holandés, detrás del dique que lo protege de los vaivenes del mar.

En el centro de la calle está la casa más antigua de la isla, sede de este pequeño museo que nos cuenta la historia de Vlieland haciendo énfasis en su conexión con el mar, los isleños más ilustres o alguno de los episodios más convulsos de la historia de los Países Bajos, como la destrucción, a manos de los ingleses, de la flota mercante holandesa anclada en su costa en 1666. Desde finales del siglo XIX fue la residencia de la pintora noruega Betzy Akersloot-Berg, cuyos cuadros adornan las paredes de las estancias principales que se han mantenido en el estilo de dicha época. Llama especialmente la atención un cuadro en el que la artista capturó el paso de los zepelines alemanes que bombardearon Londres durante la Primera Guerra Mundial y que al parecer eran avistados con regularidad desde la isla, yendo y viniendo de sus siniestras incursiones.

Interior del museo Tromp’s Huys. foto: Patricia Narváez

También en el pueblo, la iglesia de san Nicolás es un bello edificio de color arenisca cuya estructura cruciforme data de 1647. Guarda en su interior las mandíbulas de ballena que antes poblaban el cementerio contiguo – para los marineros del siglo XVIII una lápida mucho más asequible que las tradicionales de mármol o piedra– y que fueron trasladadas a la iglesia para evitar su deterioro. Fuera de los servicios religioso dominicales, se puede visitar los miércoles por la mañana. Pero quizás la manera más espectacular de conocerla es asistiendo a alguno de los conciertos de música clásica celebrados a la luz de las velas durante el verano. El 10 de julio actúan el pianista argentino Juan Pablo Dobal y Carel Kraayenhof, el bandeonista que puso el acento tanguero en la boda de la Reina Máxima.

Las piedras del cementerio cuentan también la historia de la isla. Una reproducción de las mencionadas tumbas de los cazadores de ballenas permite hacerse una idea de otros tiempos lejanos en el que la mayoría de los hombres de la isla se embarcaban. A la sombra del edificio de la iglesia se encuentra la tumba del capitán del navío Lutine que naufragó en esta costa en 1799. Gran parte de su preciada carga de lingotes de oro sigue sumergida en el fondo del mar, pese a los numerosos intentos de rescate. El contrapunto lo ponen las sobrias lápidas blancas que marcan el lugar donde descansan los pilotos y marinos aliados que perecieron en la isla durante la Segunda Guerra Mundial.

Antiguamente, las lápidas de este cementerio estaban hechas con mandíbulas de ballena. Foto: Pixabay

Rutas imprescindibles: el Sahara del Norte y el faro

Vliehors, la extensa superficie arenosa situada entre la granja solar y el extremo occidental de la isla, es
conocida como el Sahara del norte. Gran parte de la misma es de uso militar, por lo que el acceso está
restringido. Entre semana solo se puede visitar a bordo del Vliehors Expres, un camión reconvertido
que hace la ruta desde el Post Huys –la casa a donde llegaba el correo desde Texel, la isla vecina–. Esta
excursión, que es una de las más populares de la isla, puede ser recompensada con el avistamiento de
focas a las que les gusta tomar el sol en sus playas desiertas. La otra atracción principal de esta zona es
la llamada Cabaña del Náufrago. En el pasado, el afortunado que tuviera la suerte de alcanzarla
encontraba, además de ropa seca, agua y comida, un teléfono para comunicarse con el mundo habitado.
Hoy esta encantadora cabaña de madera blanca funciona como museo y pintoresco “templo” nupcial.
Los fines de semana es posible aventurarse por el Vliehors caminando.

Otro clásico de Vlieland es el paseo que lleva hasta el faro. Contrariamente a lo que podría esperarse,
la isla no es completamente plana, tiene un promontorio de unos 40 metros en cuya “cima” se sitúa su
faro de color rojo, que se puede visitar. En los soleados días de verano, las fabulosas vistas que ofrece
del Mar del Norte, la costa y los frondosos bosques de pinos pueden inducir a más de un viajero a
preguntarse si no estará contemplando un paisaje mediterráneo. Basta rodear el faro y volver la mirada
hacia el sur para resituarse. Desde este lado se aprecia el pueblo con sus típicas casas holandesas y las
no menos espectaculares vistas del Mar de Wadden. Desde el pueblo, es una ruta fácil tanto a pie como
en bicicleta.

Del Street Food a la refinada cocina francesa

La más pequeña de las islas Frisias holandesas sorprende agradablemente por su amplia oferta culinaria entre la que destacan la fórmula más sencilla y la más sofisticada, pero donde también se puede comer bien en una terraza playera como Oost. 

De Haringkar

El puesto situado al principio de Dorpstraat, la calle principal, es conocido por sus fresquísimos arenques y el bocata de Pepesan: un platillo indonesio a base de caballa y especias picantes. El aroma del pepesan al calentarse en el green egg, (barbacoa de estilo japonés), hace que fluyan los jugos gástricos y se formen colas alrededor del típico carro de madera, sin que esto consiga alterar la concentración del cocinero, algo parco en palabras.

Ideal para un almuerzo ligero o como tentempié antes o después de aventurarse por alguna de las atractivas rutas que surcan la isla.

La Casa de los Pobres

El restaurante Het Armhuis, la opción más gourmet de la isla, se encuentra en un antiguo edificio junto a la iglesia, que en otro tiempo funcionó como asilo para marineros y orfanato. Esta preciosa casona del siglo XVII ha sido restaurada con mimo y alberga una galería de arte, además del restaurante cuya moderna interpretación de la tradicional cocina francesa lo han hecho digno de mención en guías como la Guía Michelin o la Gault Millaut. Abre solo de miércoles a domingo y conviene reservar. 

Un original podio cultural

Los amantes de la música indie disfrutarán en el festival Into the Great Wide Open. Un evento cultural comprometido con la sostenibilidad de los grandes espacios abiertos de la isla que lo inspiran, y en el que la música ocupa el lugar central. La próxima edición tendrá lugar entre el 29 de Agosto y el 1 de Septiembre.

Para los cinéfilos Podium Vlieland tiene una intrigante oferta cinematográfica durante todo el año: festivales de cine dedicados al Surf o al Camping, ciclos de cine negro o visionado de documentales pertenecientes al prestigioso IDFA (Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam). Por esta pequeña sala multifuncional han pasado también conocidos cabaretiers y actores de teatro holandeses. 

Información práctica

  • Los visitantes tienen que dejar el coche en Harlingen, que cuenta con espaciosos aparcamientos con servicio de traslado hasta el puerto.
  • El trayecto en barco oscila entre 45 o 95 minutos, dependiendo del ferry. Los que viajen ligeros de equipaje y quieran sentir la sal marina en el rostro pueden optar también por viajar en el taxi acuático conocido como Ms Zeehond (La señora foca).
  • Más información sobre ferries a la isla aquí.

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