Un viaje en tren, con la estación como destino

Que las estaciones de tren tienen algo que transporta a otra época, cuando la llegada del ferrocarril ponía a una ciudad en el mapa augurándole prosperidad, es algo sabido por todos. Pero mientras otros países se han rendido a los encantos del transporte aéreo o el coche, Holanda mantiene la hegemonía del tren y al contrario que en muchos otros lugares, no sólo no cierra estaciones, sino que las renueva dotándolas de un nuevo protagonismo. Desde una joya del Art Nouveau hasta la más vanguardista en Róterdam, son muchas las estaciones holandesas por las que merece la pena esperar al siguiente tren. En ellas, rincones insospechados como una biblioteca, una tienda de vinilos con música en directo o el mejor café de la ciudad invitan a quedarse un rato y a mirar alrededor, mientras fuera, el ritmo frenético de los viajeros sigue su marcha.

Groningen

El viaje comienza por la estación más septentrional de esta selección, en la capital del norte del país, Groningen. Pocos años después de que Holanda le diera la bienvenida a su nueva estación en Ámsterdam, más sigilosamente, se inauguraba esta otra en 1896. Hoy situada frente al museo municipal, los dos iconos arquitectónicos reflejan la importancia de esta ciudad universitaria que poco a poco ha ido acogiendo a un mayor número de estudiantes extranjeros. Se trata de una estación pequeña, pero no hay que dejarse engañar por el tamaño de su planta. Los catorce metros de altura de su vestíbulo están coronados por un artesonado de una riqueza artística digna de admirar, con mosaicos originales de finales del siglo XIX, entre ellos el de tres mujeres que representan a la patrona de la ciudad, tendiéndole la mano a la llegada del telégrafo y del servicio de Correos. Gracias a una profunda renovación en 1999, la Hoofdstation ha recuperado todo su esplendor y es hoy primera parada obligada para todo el que llegue en tren a visitar Groningen.

Utrecht

Han sido muchos los que han sufrido día a día las obras de construcción de la nueva estación de Utrecht, que finalmente abrió sus puertas en 2016. Enmarcada dentro de un ambicioso plan urbanístico de toda la zona, es la estación con mayor tránsito de todo el país, seguida de la de Ámsterdam. Se prevé que, para 2025, pasen por ella 323.000 pasajeros al día. Todo comenzó en 2002, cuando el ayuntamiento celebró un referéndum para que los ciudadanos votaran entre dos planes de desarrollo urbanístico, y el A se llevó la mayor parte de los votos. Hoy ya es casi una realidad. Mientras por un lado se ha logrado conectar dos barrios, el de la estación con el más céntrico y comercial; en su interior, la arquitectura aérea de la estación recuerda más a un aeropuerto internacional que a una estación de cercanías. Decenas de tiendas y cafeterías se alternan con propuestas constantes de pop-up stores que han acogido desde una línea de productos realizados con los carteles y las antiguas tapicerías de los trenes (todavía a la venta online) hasta una pequeña sala de cine. Entre el 1 y el 5 de marzo, el musical The Bodyguard instalará en la estación un escape room, sólo aptos para los que no se alteren con la idea de perder su tren. Para aquellos que prefieran esperar sentados, el Bar Beton, un clásico de Utrecht, ahora también se encuentra en la estación, y es una buena opción para tomar una rica tarta casera o algo de picar sano y a buen precio. Para los amantes del café, habrá que levantarse, porque el mejor lo sirven los chicos del carrito Kawa Coffee, en Jaarbeursplein. Cientos de recomendaciones avalan sus buenos cafés de comercio justo y sus pasteles artesanos.

Interior de la nueva estación de tren de Utrecht. © Benthem Crouwel arquitectos.

Róterdam

En esta selección no podía faltar la joya de la Corona, la nueva estación de Róterdam. Convertida en visita obligada para los amantes de la arquitectura, la estación se ha convertido en un icono de la ciudad. Con sus techos de madera que aportan calidez al enorme vestíbulo y los detalles que se han mantenido de la estación antigua, el estudio Benthem Crouwel recupera el espíritu de Róterdam, el que impregna cada rincón, aquél que demuestra que se puede reconstruir sobre lo anterior sin olvidar su historia. Y es que bajo la afilada punta de flecha de su fachada, señalando el centro de la ciudad como si de una veleta se tratase, todavía se puede leer el rótulo de la estación de 1957, al igual que el reloj. Como contrapunto a este detalle nostálgico, la cubierta del edificio cuenta con 10.000 metros cuadrados de paneles solares que abastecen a la estación con energía equivalente a la de un centenar de apartamentos. En su interior, además de pasear por ella, merece la pena acercarse a la recién inaugurada biblioteca, abierta de ocho de la mañana a ocho de la tarde, y desde cuyas ventanas se obtiene una vista privilegiada del vestíbulo. La reconocida tarta de manzana de Dudok puede ser otra opción mientras se espera y algo más alejado pero muy recomendable, el restaurante italiano A Proposito ofrece buena cocina en la misma explanada de la estación.

Haarlem

Subirse en el tren en Róterdam y bajarse casi una hora después en Haarlem es todo un viaje en el tiempo. Será como retroceder más de un siglo, desde el diseño más vanguardista del siglo XXI al Art Nouveau, o Jugendstijl, que dominaba el panorama artístico de principios del XX. Construida en 1906, la estación de Haarlem es uno de los edificios de este estilo mejor conservados del norte de Europa, con el hierro forjado como protagonista y la característica tipografía sobre azulejo para diferenciar entre las salas de espera de los de primera, segunda y tercera clase. Si bien hasta 1986 era la estación que conectaba Ámsterdam y Róterdam, con la llegada de la línea de Schiphol se ha quedado como una estación secundaria aunque todavía muy activa. El que pase por ella a primera hora o por la tarde podrá acercarse a la biblioteca que, al igual que en Róterdam, ofrece la posibilidad de sentarse a leer con la bonita vista de un lugar con solera. Y los domingos, el restaurante MAF, situado en una de las dependencias de la estación, organiza brunch y high-tea, una copiosa merienda, previa reserva. 

Ámsterdam

Apenas un cuarto de hora sirve para retroceder todavía más en el tiempo, a finales del siglo XIX, cuando el arquitecto P.J.H. Cuypers diseñó la estación central de Ámsterdam a imagen y semejanza de su principal pinacoteca, el Rijksmuseum. Era la primera vez que una estación de ferrocarril no era obra de un ingeniero, se buscaba una obra de arte, además de un nuevo eje central para el transporte. Edificada sobre tres islas del IJ, el terreno restante hubo que crearlo con arena traída de la costa sobre la que se sustentarían más de 8.600 pilares. La robustez de un proyecto así ha quedado demostrada, ya que por ella siguen pasando cada día 162.000 viajeros. La más conocida de las estaciones del país es también una obra en constante transformación. Este año, además de contar con la llegada del Eurostar y de incorporar un acceso a la línea de metro que recorrerá la ciudad de norte a sur, se ha abierto al público la sala de espera real, aquella en las que se recibía a miembros de familias reales que llegaban en tren de visita oficial a Ámsterdam. Para completar la visita, el Grand Café de la estación ha inaugurado un acceso exterior por lo que todo el mundo, no sólo los viajeros, podrán disfrutar de un aperitivo de época. Para terminar este recorrido, nada mejor que hacerlo al ritmo de la música en directo: la que se puede escuchar en el café The Poet’s Farm, un recién llegado al caos de esta estación donde se pueden comprar vinilos de artistas holandeses y tomar un snack sano, ecológico y empaquetado con gracia. De vuelta en el siglo XXI.

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