Entrevista sobre la felicidad con Meike Bartels, catedrática de Genética y Bienestar

“Que una persona se sienta más feliz que otra depende en un 40% de su genética, nacemos así y no lo podemos cambiar”

Es sábado por la mañana en el supermercado de la esquina. En el pasillo de los productos de repostería hay un nuevo preparado para elaborar “la tarta de la felicidad” en tan sólo tres pasos. De los diez ingredientes que precisa la receta, el envase lleva cuatro, los otros seis hay que añadirlos al cocinarla. Lo extraño de esta nueva tarta es que cada envase incluye los cuatros ingredientes básicos en cantidades diferentes por lo que algunas tartas saldrán más sabrosas que otras por mucho que el cocinero se empeñe en mejorarla. Esta es una metáfora para explicar el hallazgo científico que el equipo de investigación liderado por la catedrática de Genética y Bienestar de la Universidad VU de Ámsterdam, Meike Bartels, acaba de publicar en la revista Nature Genetics: “nuestro sentimiento de felicidad depende en un 40% de los genes, y éstos vienen determinados por tres variantes genéticas que hemos descubierto en el ADN”. Así, tal y como afirma Bartels, “los que tienen la suerte de nacer con el paquete bueno, con la combinación ganadora, lo tienen más fácil para ser felices”.


Su hallazgo demuestra que existen genes responsables de nuestra felicidad, que hay una gran parte de este sentimiento que viene marcada por nuestra genética, ¿no es así?
Así es, pero es importante aclarar que hablamos de la diferencia entre el sentimiento de felicidad de las personas: es decir, el que una persona se sienta más feliz que otra depende en un 40% de su predisposición genética. No se trata de que la felicidad venga dictada por la genética. Y en los últimos cuatro años hemos estado investigando para averiguar en qué partes del ADN se encuentra esta diferencia. Lo que hemos descubierto son pequeñas variaciones de dos de nuestros cromosomas, el 5 y el 20, que pueden tener relación con el sentimiento de la felicidad y en ambos casos hablamos de tres genes vinculados al cerebro y al sistema endocrino.

​¿Cómo lo han averiguado?
Hemos trabajado con 145 centros de investigación de todo el mundo contactando a los millones de personas que se han sometido a algún cuestionario sobre su sentimiento de felicidad. A ellos les hemos pedido una muestra de su ADN y en total hemos analizado dos millones y medio de variantes genéticas, siempre de un grupo similar ya que todos eran de raza caucásica. Y después cruzamos los resultados de los cuestionarios que hicieron con los obtenidos de su ADN. Así es como hemos hallado que los que tenían un nivel de felicidad similar presentaban a su vez las mismas combinaciones genéticas de estos dos cromosomas que además están íntimamente relacionados con la depresión y la neurosis. Lo curioso es que en los estudios sobre felicidad se habla a menudo de “bienestar subjetivo” mientras que para la depresión no se habla de un sentimiento subjetivo sino de un diagnóstico que se puede probar. Y en ambos casos, tanto el grado de felicidad como el de depresión, se miden por lo que una persona le cuenta a un especialista, no por datos fehacientes. Por eso los estudios de genética son muy útiles ya que aportan las cifras.

​¿Podemos decir entonces que el sentimiento de la felicidad y el de la depresión son las dos caras de la misma moneda?
La respuesta es sí y no. En las variantes genéticas de estos cromosomas la respuesta es sí, la co-relación entre la felicidad y la depresión es muy grande. Pero esto no es tan determinante como para hablar de dos caras de la misma moneda porque en ambos casos los factores del entorno y de otros genes juegan un papel fundamental. De las tres variantes que hemos encontrado, dos son importantes para combatir la depresión, están íntimamente relacionadas con ella. Y aunque queda mucho por investigar en este sentido y quizás acabemos averiguando que el vínculo no es tan fuerte, lo importante de este hallazgo es que existe relación entre ambos sentimientos, y eso es algo que hasta ahora no se había encontrado porque la depresión se estudiaba mucho más en profundidad que la felicidad y de forma aislada.

Ahora que menciona esto, ¿es cierto que el estudio de la felicidad está más en boga que nunca? Usted decía que sobre depresión existen cientos de miles de artículos académicos pero sobre felicidad en torno a seis mil. Y en cambio las librerías están llenas de libros sobre psicología positiva…
Si, en efecto, se puede decir que divulgar sobre la felicidad está de moda. Creo que tiene que ver con el momento de bienestar que vivimos en muchos lugares del mundo, lo que hace que nuestra preocupación se centre en ser más felices. Hace sesenta años Europa estaba saliendo de una guerra y no había lugar para estos estudios: todo tenía que ver con analizar los efectos de la guerra, con salir adelante. Intentar ser felices es el siguiente paso, primero hay que tener cubiertas el resto de necesidades vitales.

“Se sabe mucho más acerca de la depresión que de la felicidad porque hasta hace poco el interés residía en conocer las patologías, el porqué a alguien le va mal, y no al revés, por qué una persona puede sentirse más feliz que otra”.

Lo que dice me lleva a preguntarle, ¿por qué en lugares del mundo donde la situación actual es peor que en Europa, estudios como el World Happiness Report revelan que el sentimiento de felicidad de las personas es mayor?
Esto es lo que convierte este tema en algo tan interesante…y totalmente relacionado con la genética. Tanto en lugares donde la situación es dramática como en países con los estándares de bienestar como Holanda obtenemos resultados similares, de gente que se siente muy feliz y muy infeliz. El entorno parece no ser tan importante: por eso estamos convencidos de que existe una predisposición genética a ver todo negro o de color de rosa. Incluso entre los miembros de una misma familia.

Pero si casi la mitad de esta tendencia a sentirnos más o menos felices nos viene dado, poco podemos hacer para mejorar nuestra suerte, ¿no cree?
Los que no nacen con la buena predisposición genética para lograr un alto grado de felicidad, lo tienen más complicado que los más afortunados, de eso no hay duda. Pero existe la posibilidad de mejorar si se trabaja en la buena dirección, si se entrenan, con ayuda de un especialista, los hábitos y las herramientas emocionales que ayudan a esa persona a sentirse mejor más a menudo.Esto es lo que tiene que ver con el entorno, que al final es el 60% y ¡es mucho!

Entonces, el coaching y las terapias en este sentido ¿son útiles?
Está bien que la gente las pruebe pero el éxito no está garantizado por esta herencia genética de la que le hablaba. Yo puedo leer quince libros en los que se enfatiza lo importante que es para un hijo que sus padres sean pacientes y eso no me va a convertir en uno de ellos. Porque no soy una persona paciente ni lo seré por mucho que me esfuerce. El cuarto día volveré a ser la misma que antes. Cada uno debe ver lo que se adapta a su forma de ser y no ser demasiado exigente consigo mismo. Y además una terapia para ayudar a una persona a ser más feliz debe ser individual y nunca de grupo. No hay protocolo que valga para más de uno porque tenemos necesidades distintas. En cuanto a si son efectivos o no, a través de los cuestionarios que hacemos sabemos que las personas que tienen un grado de felicidad de 3 no van a lograr alcanzar un 8, pero un punto arriba sí que es posible con cierto esfuerzo. Nunca se producen grandes cambios en esta percepción de las personas, si bien es cierto que para alguien que se siente tan infeliz como para calificar su vida con un 3, subir un escalón y alcanzar un 4 puede suponer una diferencia enorme en su bienestar. El peligro está en esperar demasiado de estas terapias.

“Las terapias pueden ayudar pero nunca van a lograr que alguien infeliz sea todo lo contrario, por culpa de nuestros genes. El que nace con la buena predisposición genética lo tiene más fácil para ser feliz, y viceversa”.
Objetos personales que decoran la ventana en el despacho de Meike

Estos grados que menciona es la escala en la que un cuestionario mide el sentimiento de felicidad y bienestar, del uno al diez. ¿Por debajo de cinco es entiende que el encuestado se siente infeliz?
Depende del baremo de los países. En Holanda es de un seis. Por debajo de seis consideramos que su sentimiento de felicidad es insuficiente. La media mundial es de un 5.2 así que aquí digamos que se espera que los holandeses se sientan, al menos, algo más satisfechos que la media general. Creo que nuestro sentimiento de felicidad general  en Holanda está en torno a un 7.3, que es bastante bueno. A través de un registro nacional disponemos de los datos de cerca de 200.000 mellizos, gemelos y trillizos a los que les mandamos este cuestionario año tras año. Regularmente, les hacemos preguntas sobre su vida familiar, sus aficiones, su estabilidad emocional, etc. y contrastamos sus respuestas con las que nos dan otros miembros de su familia y personas de su entorno como el profesor del colegio. Y necesitamos gemelos y mellizos con el fin de averiguar la importancia que tienen nuestros genes en esas respuestas. Los gemelos son la misma persona dos veces, el ADN es idéntico, mientras que los mellizos es como cualquier otro hermano, comparten la mitad de su herencia genética. Pero en ambos casos el entorno suele ser muy parecido porque al tener la misma edad suelen tener experiencias vitales parecidas: mismo colegio, misma clase en muchas ocasiones, misma posición dentro de la familia, etc. Al reducir la importancia del entorno más cercano, podemos entender mejor qué papel juega la herencia genética en su sentimiento de felicidad.

¿Y qué han descubierto a lo largo de estos años?
En primer lugar tengo que decir que al estudiar a gemelos y mellizos estamos estudiando a toda la población en general, porque son exactamente iguales que cualquier otra persona. No son ni más listos ni menos que el resto, ni más fuertes o débiles, sencillamente iguales. Y quizás lo que descubrimos es que no existen patrones generales que nos hagan más felices: para alguien tener tres amigos puede ser suficiente para ser feliz mientras que otra persona puede necesitar treinta; vivir en el campo o en una gran ciudad no hace a alguien más o menos feliz; ni hacer más o menos ejercicio. Sobre este tema del deporte, por ejemplo, se estudia mucho. Parece que las personas que son más felices suelen hacer deporte pero eso no quiere decir que si se hace deporte se logre ser más feliz. Estudiar cómo nos influye nuestro entorno es algo sumamente complejo. Por ejemplo, muchos estudios revelan que de media son más felices las personas casadas o con pareja estable que las que no lo están. Pero al ser esto una media, resulta que hay tantas personas a las que la soltería les hace sentir bien como emparejadas que son infelices. Y es fundamental tener estos extremos en cuenta. Por eso nunca me ha parecido el término medio un dato fiable. Y por eso no tengo conclusiones determinantes sobre lo que estas personas nos revelan. Sólo puedo afirmar que las decisiones que toman contrarias a su manera de ser suelen derivar en menor satisfacción.

​Dicen que los primeros tres años de vida de un niño son determinantes en su desarrollo emocional. ¿Un entorno favorable garantiza estabilidad emocional y aumenta las posibilidades de ser felices a largo plazo?
Eso es algo simplista. La regulación emocional, el control de nuestros sentimientos y nuestras emociones tienen un fuerte componente genético. Está claro que un niño a esa edad temprana tiene una capacidad de aprendizaje mayor pero no podemos pretender cambiarle. Aunque está demostrado que un entorno estable es positivo para cualquier niño, para uno podrá ser más importante que para otro. Y que uno de los niños sea más sensible a lo que se le enseña que su hermano tiene que ver con sus genes. Y eso no podemos cambiarlo. Situaciones dramáticas como una separación o, en otra escala, el estallido de un conflicto, indudablemente tienen un impacto negativo en nuestra felicidad. Pero de nuevo, este impacto es distinto en cada persona. Sobre esto es muy revelador el trabajo que se ha hecho desde hace muchos años con gemelos que han crecido separados. Hoy en día es casi imposible tener ejemplos así porque ya no se permite separar a estos hermanos al nacer, pero aun así todavía se ven casos. Uno de ellos es el de unas gemelas chinas que fueron adoptadas de bebés por una pareja noruega y una americana respectivamente. A los ocho años las niñas se reencontraron y a pesar de vivir en entornos totalmente diferentes y no hablar el mismo idioma, les gustaba lo mismo, eran igual de alegres y se volvieron inseparables. Hicieron un documental de ellas en la BBC (Twin Sisters: a World Apart) y es fascinante verlas. Este caso es un ejemplo más de que los gemelos que no han vivido juntos se parecen más entre sí que los mellizos que han crecido en el mismo hogar. Y eso es pura genética. Así que quizás merezca la pena despreocuparse un poco…por mucho que intentemos darle todo a nuestros hijos para que sean felices, que lo sean o no, sabemos que no depende tanto de nosotros.

Fotos: Fernández Solla Fotografie

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