Maarten Baas, diseñador

“El que haya normas para todo en Holanda hace que me atraiga bordearlas, cuestionarlas y romperlas”

En 2002, para su proyecto de fin de carrera, en la reputada Academia de Diseño de Eindhoven, Maarten Baas decidió quemar una clásica silla de comedor, carbonizarla, y posteriormente tratarla para que tuviera una segunda vida. Este atrevimiento le encumbró a lo más alto y desde entonces, su fama no ha dejado de crecer y hoy está considerado uno de los diseñadores holandeses más influyentes. Enfant terrible de la nueva ola de creadores holandeses, Baas cuestiona los cánones establecidos a través de objetos cargados de ironía, humor y sátira, y se mueve como pez en el agua entre dos mundos, el del arte y el diseño, gracias a un carácter rebelde que toma mucho del teatro y la interpretación. Mientras sus piezas forman parte de las colecciones del MoMa de Nueva York, el Rijksmuseum o el Victoria & Albert Museum, todo el que quiera puede descargarse una aplicación para el móvil con uno de sus relojes o contar los minutos que quedan para subirse al avión en la terminal 2 del aeropuerto de Schiphol, donde cuelga otro de lo suyos. Gaceta Holandesa charla con él en su estudio, en una nave de un polígono industrial de una ciudad mediana de Holanda, lejos del cosmopolitismo de Ámsterdam o Róterdam.

Diseñador, artista, incluso actor… ¿Dónde encaja usted?

No lo sé. No sé trabajar de otra manera, me gusta mucho cuestionar los límites y lo hago a través de distintas formas artísticas que no tienen por qué encajar en una categoría específica. Siempre que la música le suene bien al que la escucha, poco importa si es un género u otro, si es rock, pop o algo entre medias.

La única posible desventaja de trabajar así es que no sabría decir cuál es mi casa: si estoy en la Feria del Mueble de Milán soy considerado un artista mientras que en un espacio artístico se me ve más como un diseñador. Pero no lo vivo como un problema, quizás al contrario, me gusta trastear, que mi eslogan sea bien largo.

Fachada del estudio y taller de Maarten Baas, con su eslogan en grandes dimensiones. Foto: Alicia Fernández Solla

Ahora ya tiene un nombre y gran reconocimiento, pero al principio, este ser de ninguna parte ¿no se lo puso más difícil?

Al comienzo experimentaba, como con la serie de muebles quemados o con los de plastilina. Cuanto más trabajaba más iba ampliando mi experiencia y me iba sintiendo cada vez más a gusto con distintas disciplinas. Fue llegando poco a poco.

Dicen que un diseñador industrial se pone realmente a prueba cuando crea su propia silla, que debe ser funcional a la vez que original, lo cual supone todo un reto para un objeto tan cotidiano. ¿Cuál es la suya?

Desde el punto de vista artístico es verdad que diseñar una silla es una buena forma de expresión del estilo de un creador. Es un objeto que contiene una larga historia, hay cientos muy conocidas, y uno puede referirse e inspirarse en las que más le gustan; su forma también da mucho juego, no es como una mesa, plana, sino que es mucho más tridimensional, con una fisonomía casi humana, con un cuerpo, cara, patas y brazos. Sin duda, la que mejor representa mi identidad es la silla de plastilina, es la que mejor cuenta quién soy, como toda la colección de muebles de esta serie.

Una serie que parece creada por un niño…

Suelo tender a eso, a transmitir el mensaje de que en un adulto siempre queda mucho de inocencia infantil, de las experiencias vividas de pequeños. Me gusta jugar con esa doble perspectiva: un niño moldearía una silla de plastilina en cinco minutos, pero esta seguramente no sería ni robusta ni estable. Así que mi lado adulto aporta los conocimientos necesarios para darle funcionalidad a este diseño infantil, para que técnicamente funcione como cualquier otra silla. Crecemos, nos vamos llenando de responsabilidades, pero afortunadamente mantenemos la espontaneidad de cuando éramos niños, así nos pasa a todos en mayor o menor medida. A mí me gusta mucho jugar con esta ambivalencia.

¿Se ha encontrado alguna vez con que alguno de sus diseños eran imposibles de producir, porque no lograba dar con la técnica o el material adecuado?

Generalmente sé si un diseño puede salir adelante o no aquí, en el taller, con las pruebas que vamos haciendo. Porque aunque mis muebles tengan una aspecto naif, detrás hay un desarrollo técnico en el que hemos pensado mucho, por ejemplo a la hora de elegir los materiales, normalmente ya los tengo en la cabeza cuando esbozo un boceto. En otras ocasiones soy verdaderamente inocente, es decir, no tengo ni idea de cómo poner en práctica una idea, y el técnico que trabaja conmigo es el que me dice que es imposible. Esta mañana por ejemplo he pensado en un posible reloj pero tengo que hablar con el cámara, el experto en filmación, para que me diga si se puede o no. A ver qué pasa.

En sus relojes suele aparecer usted detrás de las agujas, encerrado en ellos, dibujando y borrando los minutos que pasan, como el que se encuentra en la Terminal 2 del aeropuerto de Schiphol. ¿Está usted obsesionado con el tiempo?

No, la verdad es que no tengo nada especial con el tiempo. Sencillamente me parece que un reloj es un buen objeto para contar una determinada historia, en este caso, la de que el tiempo es una idea abstracta que el ser humano prueba a cazar a través de las horas, los minutos y los segundos. Con mis relojes pretendo mostrar que cada minuto es diferente al anterior (se dibujan de una forma sutilmente distinta) y que sin un reloj nadie sería capaz de determinar cuanto dura un minuto exactamente, porque pueden pasar más lentamente o más fugazmente según lo que hagamos. La precisión del tiempo es una mera construcción del ser humano, por eso me encanta la idea de que sea una persona la que esté detrás del reloj, en lugar de un mecanismo automático.

Reloj de la Terminal 2 de Schiphol, en el que aparece su autor Maarten Baas, vestido de operario del aeropuerto, dibujando y borrando los minutos que transcurren. 

¿Cuál podría decirse que es el hilo conductor de su obra, de sus diseños?

Quizás el principio de que los objetos no sean perfectos, que no estén escrupulosamente rematados. Me gusta que parezcan estar hechos manualmente, no persigo contar nada especial, sólo que al verlos uno no perciba el desarrollo técnico que encierran. Como con los muebles quemados.

Smoke es una de sus colecciones más aplaudidas, ¿cómo se le ocurrió? ¿fue por accidente?

No, no (ríe), no quemé nada sin querer. Fue mi proyecto de fin de carrera. En lugar de diseñar algo nuevo, que resultara bonito, pensé que podía ser más interesante cuestionar por qué diseñamos objetos, la idea que tenemos de la belleza, de la perfección, y conceptos que juegan un papel fundamental como la simetría. También me interesaba el tema de la producción industrial, del diseño de líneas rectas para fabricar muebles que sean fáciles de producir masivamente, por ejemplo. Y por otro lado, cómo la gente puede ver la belleza en algo tan dispar como la naturaleza, con su desorden y caos, o un Ferrari o cualquier otro objeto industrial perfectamente diseñado. Así que decidí quemar muebles icónicos y tratarlos para que siguieran siendo estables y se pudieran seguir usando, de tal forma que el objeto contara otra historia, la de lo que le ocurren a las cosas creadas por el hombre cuando un elemento de la naturaleza toma terreno.

La actriz Angelina Jolie, sentada en el sillón de la colección Smoke. Foto: Maarten Baas

Ahora que usted es también profesor, ¿qué le dice a sus estudiantes cuando se enfrentan a su proyecto de fin de carrera?

Suelo decirles que se pongan manos a la obra, que no esperen sentados a que la brillante idea aparezca, porque nunca llega. No existe una gran idea como tal, una primera lleva a otra y así sucesivamente. Les animo a que se dejen guiar por su intuición, a que prueben lo que tienen en mente y vayan avanzando paso a paso. Pero la presión actual por la autenticidad es grande, los estudiantes pueden crear algo que piensan que es novedoso y poco después se topan con ello en internet, porque alguien en otra parte del mundo ha pensado lo mismo. En el mundo global de hoy, es más complicado ser único.

Hablando de globalización, a menudo los diseñadores industriales o de moda se quejan del plagio que sufren por parte de las firmas más grandes, que reproducen sus diseños y los venden a mejor precio. ¿Le ha pasado a usted? ¿Podría vender Ikea una silla como la suya de plastilina?

Afortunadamente a mí no me ha pasado, quizás porque mis muebles no son tan fáciles de copiar, no tienen formas sencillas y siguen un proceso muy artesanal. Además creo que lo que yo hago le gusta a una minoría, no es del agrado de muchos. Y esta minoría prefiere pagar por el objeto original que por la copia. Eso no quita para que sea consciente de que algunas ideas que parten de mis diseños son tomadas por otros, como la tendencia actual de muebles barrocos negros, que de alguna manera recuerdan a los quemados. Pero así funciona la inspiración.

Usted no vive en Ámsterdam o Róterdam, las cunas del diseño holandés, y su estudio se encuentra en una pequeña ciudad fuera del Randstad. ¿Qué le aporta este entorno, más local, a la hora de crear?

Holanda es como una caja de herramientas sumamente práctica. Es un país en el que todo está muy bien regulado. Y esa practicidad es de gran ayuda: me encanta vivir en un lugar donde dispongo de una nave industrial como ésta, con techos altos y todo lo necesario para ponernos manos a la obra en cuanto tengo una idea. De Róterdam estoy a tres cuartos de hora y aquí no tengo que preocuparme de adaptarme a un espacio para trabajar, sino al contrario, cuento con los metros cuadrados que necesito, con buena gente, de fiar, y en un país donde las cosas funcionan muy bien. Así veo el trabajo, de forma muy pragmática, no trabajo aquí porque la luz de este lugar me inspire…no voy por ahí.

Pedidos en cajas listos para ser enviados, en el taller de Maarten Baas. Foto: Alicia Fernández Solla

¿Qué aspectos de la sociedad en la que vive le inspiran y cuáles le irritan más?

Lo que me inspira es también lo que suele irritarme. Podría decir que esta regulación, el que haya normas para todo, hace que me atraiga bordearlas, moverme en un sentido y otro para cuestionarlas, para romperlas. Y si lo típicamente holandés es seguir las reglas, en mi caso, lo que me atrae es jugar con ellas. En todos los sentidos. Por ejemplo, después de exponer los relojes que hago en varios museos, su precio subió mucho y se venden como piezas de arte. Al mismo tiempo cree una app para el móvil con la que cualquiera puede descargarse el mismo tipo de reloj por un euro. Una manera de cuestionar lo que entendemos por arte. Otro de los aspectos de la sociedad que me atrae son las “fake news”, qué entendemos por verdad y por mentira, por lo que es falso y lo que no lo es, y la postura que tomamos ante ello. Hoy en día las redes sociales se han convertido en una plataforma para que todo el mundo de su opinión, su like. Con esta idea detrás monté una instalación en la Feria de Milán llena de pantallas con “I think, I think, I think” por todas partes. Todos, al poder hacer nuestras opiniones tan públicas, reproducimos más que nunca el “pienso, luego existo”, y tenemos, más que nunca, necesidad de recibir atención. Eso también me atrae.

Baas, tras la entrevista. foto: Alicia Fernández Solla

Su reloj por un euro en una app, pero una de sus sillas de comedor de la serie de muebles quemados cuesta 1.700 euros ¿cree usted en la democratización del diseño? ¿debería ser más accesible para más gente?

No tengo absolutamente ningún problema con que las piezas de diseño sean caras. Al contrario, me alegra mucho que haya gente que quiera pagar ese dinero por ellas, así puedo seguir haciendo mi trabajo bien. Todo el que quiera conocer lo que hago puede verlo de forma gratuita en las exposiciones que hacemos o en un libro que no le costará más de 40 euros. Si unas cuantas personas tienen el presupuesto y quieren comprar una de mis sillas por dos mil euros, estupendo. El proceso para fabricarlas es totalmente artesanal, lleva mucho tiempo. Pero sobre todo estamos creando algo nuevo, de una manera que no se había hecho nunca antes. Ya sea una silla o una tarta de manzana, si no tiene nada que ver con lo que ya se conoce, es una aportación valiosa tanto para el mundo de la decoración como para el de la repostería. Y eso tiene un gran valor en sí mismo.

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