Lluvia de fuego

Empezamos el año atrincherados en casa con un par de amigos y unas botellas de cava, dispuestos a sofocar cualquier incendio involuntario que pudiera surgir a raíz de la “orgía” pirotécnica con la que se recibe al Nuevo Año en Holanda. Esta vez el espectáculo nos dejó sin habla. Unos impresionantes castillos de fuegos artificiales se elevaron sobre nuestras atónitas cabezas con peligrosa cercanía.

Cuando el aire se llenó de pólvora y empezaron a llover ceniza y chuzos de cartón, dejé a los nativos disfrutando del show en la terraza y me refugié en la sala con Obi: un labrador negro con algo de sobrepeso, cuya hermosa sonrisa canina se ensanchó significativamente en cuanto me vio aparecer. Los animales de compañía lo pasan fatal por estas fechas. Para tranquilizarlo me instalé en el sillón con la fuente de los oliebollen, gentileza de sus dueños que no pueden concebir la Nochevieja sin estos tradicionales buñuelos de pasas, y compartí un trozo generoso con él. Mi nuevo amigo se lo tragó en un segundo y clavó a continuación sus ojos suplicantes en mí. Tras hincarle el diente a este típico dulce holandés, decidí cederle mi parte con gusto. Este año los oliebollen eran tan pesados como las atronadoras detonaciones que retumbaban en el vecindario.

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Patricia Narváez es asesora jurídica, escritora y colaboradora de Gaceta Holandesa

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