HOLANDA INTERIOR

Cómo convivir con la incertidumbre: cultivando el no saber

El cambio es la única constante”, dijo Jon Kabat-Zinn en una de las últimas meditaciones que, diariamente, está guiando vía Zoom ante más de dos mil personas desde que comenzó el confinamiento. Y aunque esa frase es y ha sido cierta siempre, en estos tiempos parece que lo es más que nunca. Somos personas migrantes que se interesan y leen las noticias tanto de nuestro país de origen como las del país en que vivimos. Desafortunadamente las medidas que se toman durante esta crisis difieren, a veces de forma abismal, entre países. No sabemos en quién confiar, qué estudio creer, a quién escuchar, mientras que nuestro cerebro lo que nos pide es precisamente información y seguridad. Pero esto no es raro. Así funciona nuestro cerebro y así hemos conseguido sobrevivir como especie: a base de certidumbres, cuando las ha habido. El fuego quema, es peligroso cruzar la autopista, un león hambriento frente a ti significa peligro. Esas son certezas. Por eso, cuando ese aspecto está ausente comenzamos a sentir malestar, inseguridad. No en vano, como expresa Judson Brewer, neuropsicólogo de la universidad de Brown, el miedo unido a la incertidumbre da como resultado ansiedad. Sin embargo, el cambio y por consiguiente la incertidumbre, siempre ha estado presente en nuestras vidas. ¿Cómo podemos convivir con la incertidumbre si nunca nos han enseñado que era posible?

(Casi) todas las respuestas están en el cerebro: anatomía de la incertidumbre

El homo sapiens sapiens evolucionó y sobrevivió gracias a su capacidad de planear respuestas y regular sus emociones. Para hacer esto, el cerebro necesita información, necesita saber qué está pasando y qué va a pasar para trazar el plan de acción más adecuado a cada situación. Sobre todo, en situaciones de peligro. Cuando nos encontramos en una situación de amenaza, se activa una parte del cerebro llamada amígdala. La amígdala forma parte de lo que se llama “el viejo cerebro”, el que compartimos con los reptiles, el más primitivo. Esta es la parte que nos va a hacer reaccionar de forma automática cuando, por ejemplo, acercamos demasiado el dedo al fuego y sentimos que nos vamos a quemar y nos vamos a hacer daño: vamos a apartar el dedo de forma refleja. Ese viejo y primitivo cerebro es el que asegura nuestra supervivencia. Sin embargo, el cerebro de los seres humanos siguió desarrollándose de forma que por encima de ese viejo cerebro que guarda nuestras reacciones más primitivas se desarrollaron las partes más nuevas, el “nuevo cerebro”, que nos permite planificar una respuesta coordinada. Esta parte del nuevo cerebro que se ocupa de esta tarea se denomina córtex prefrontal. Recuerdo que cuando estudiaba psicología en la universidad, en la asignatura de Neurociencia, un profesor nos dijo: “si el cerebro es el piano, ¿quién es el pianista?”. Esa pregunta, que tantas veces me había hecho yo, por fin iba a tener una respuesta, pero el profesor la dejó colgando en el aire, para mi desesperación. Después de varias clases, volvió a aquella pregunta: el pianista es el córtex prefrontal. Hay que tener en cuenta que esta es una explicación extremadamente simplificada y que el cerebro no funciona por partes sino que su funcionamiento depende precisamente de la integración de todas las áreas, como una melodía. Pero sirve para destacar el hecho de que nuestro cerebro, nuestro córtex prefrontal en este caso, necesita información detallada para planificar. En situaciones de incertidumbre, cuando la información es escasa, confusa o simplemente está ausente, el cerebro nos va a “recordar” permanentemente que le demos lo que necesita.

Tolerancia a la incertidumbre

Y aquí precisamente yace nuestra capacidad de tolerar la incertidumbre, porque podemos hacer varias cosas cuando esta se presenta. Podemos “rascar ese picor” de la incertidumbre, como recuerda el profesor Brewer, dándonos un atracón de información: leyendo noticias una y otra vez en todos los medios posibles; conectándonos a las redes sociales para ver cómo lo están llevando otros amigos o los actores de turno; encendiendo la televisión hasta encontrar el canal que retransmite las 24 horas y que informa de cada nueva muerte al minuto; buscando estudios acerca del tema o preguntando compulsivamente a nuestro alrededor antes de comenzar a hacer algo. ¿Se parece esta conducta un poco a la conducta adictiva? Más o menos. La diferencia es que en este caso nuestro cerebro no nos pide una sustancia tóxica, sino que nos pide información. Que, por cierto, también puede ser tóxica.

Prácticas como la del Mindfulness están orientadas, precisamente, a la observación de estas reacciones, emociones, sensaciones internas ante las situaciones de incertidumbre. La mera observación y aceptación de lo que sentimos lleva a la reducción de ese constante diálogo interno. Y la realidad es que no sólo en esta crisis, sino muchas veces a lo largo de la vida nos falta información. No tenemos toda la información cuando hacemos una entrevista de trabajo y pasamos todo el fin de semana pensando en qué nos responderán. Tampoco la tenemos cuando nos diagnostican una enfermedad rara. O cuando no sabemos qué harán nuestros hijos adolescentes cuando salen por la noche y pasamos momentos de preocupación. Creo que el próximo desarrollo del cerebro, tal vez tras cientos de años, debe ser la tolerancia y la aceptación de la vida en un mundo en el que la información es siempre parcial, nunca completa, o incluso ausente.

Un cerebro que pueda abrazar la incertidumbre será sin duda un cerebro más funcional. […] Se trata de repartir mejor nuestros recursos, de saber encontrar el equilibrio entre la información que tengo, la que deseo y la que no está (aún) disponible. Así es como podemos trazar un plan de respuesta más allá de la reacción.

No intentar cambiar ni manejar lo de fuera, sino abrirse desde dentro. Y esto no quiere decir que no demandemos respuestas e información ya sea a los líderes políticos en situaciones de crisis o a nuestro jefe si deseamos un aumento de sueldo, o que nos informemos antes de dar el paso de estudiar un máster, por ejemplo. Se trata de repartir mejor nuestros recursos, de saber encontrar el equilibrio entre la información que tengo, la que deseo y la que no está (aún) disponible. Así es como podemos trazar un plan de respuesta más allá de la reacción.

Los científicos que han estudiado los cambios que experimenta el cerebro como consecuencia de la práctica de Mindfulness, han identificado esa área que hace que estemos hablando con nosotros mismos, tarareando una canción constantemente o haciendo mentalmente la lista de la compra mientras no hacemos “nada”. Se denomina  red de activación por defecto, default mode network en inglés. Estos investigadores han observado que la actividad de esta área disminuye mientras se practica Mindfulness. Simplemente al prestar atención, al “caer despierto” (expresión de Jon Kabat-Zinn), nuestra red de funcionamiento por defecto reduce su actividad. En otras palabras, ayuda a reducir ese paseo mental que damos muchas veces y que, por supuesto, es parte también de la incertidumbre. Es posible aprender a aceptar que la incertidumbre es una realidad más.

La difícil posición de las personas migrantes 

Cuando ocurre una crisis a escala global, como personas migrantes estamos pendientes no sólo de la información de los Países Bajos, sino también de la de nuestro país de origen. Estamos preocupados por nuestros seres queridos y no hay datos de cuándo vamos a poder volver a viajar. A ello se une el hecho de estar experimentando esta situación de incertidumbre en la lejanía y, a veces, en soledad. Seguramente habrá muchas personas migrantes cuyo puesto de trabajo esté en peligro, o cuya familia en su país esté atravesando dificultades económicas y sociales. No poder estar cerca de nuestra familia y amigos mientras esto pasa añade malestar a una situación ya de por sí complicada. Por mucho que leamos, busquemos o preguntemos, debido a la naturaleza de una situación de crisis siempre van a quedar preguntas en el aire, siempre va a haber cierto grado de incertidumbre.

Pienso que lo más importante es, por un lado, darse permiso para sentir esa incomodidad derivada de la incertidumbre y observar los pensamientos. Podemos incluso escribir nuestras preguntas sólo para nosotros, para hacerles espacio. Hacerles espacio simplemente porque están aquí. Aceptarlas simplemente porque están aquí. Darnos cuenta de que la búsqueda compulsiva de información, sin límite, sólo deriva en mayor malestar. El cultivo de la semilla del no saber lleva tiempo, como cualquier cultivo. Pero cuando germina, podemos dar mejores respuestas.

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