La llamada de los superhéroes

Si en el Paleolítico nuestros ancestros pasaban la mayor parte del día «corriendo» en pos del alimento diario o tratando de evitar convertirse en la «hamburguesa» de otros, en el siglo XXI, la principal ocupación de millones de personas consiste en calentar la silla mientras golpeamos un teclado, con más o menos energía. Y correr ha dejado de ser una forma de desplazamiento natural subordinada a otra actividad, para convertirse en un evento en sí mismo, supuestamente al alcance de todos…

Cuando este verano me comunicaron que me habían inscrito en el Maratón de Ámsterdam, me hizo tanta ilusión como cuando el dentista me dijo que tendrían que efectuarme un tratamiento especialmente complicado en uno de los molares inferiores. Los promotores de la genial idea instalaron también una aplicación en mi móvil, que diseñó un programa de entrenamiento a la medida de mis escasas aptitudes atléticas. Así fue como los mantras del coach Bennet, el entrenador virtual de la aplicación, empezaron a torpedear mi cómoda posición en el sofá. Después de todo, quien no quiere convertirse en una mejor versión de si misma.

No siempre le fui fiel. Y, en momentos de flaqueza, llegué a otorgarle una credibilidad equiparable a la del Chef Gusteau: aquel cocinero regordete cuyo lema, todo el mundo puede aprender a cocinar, inspiraba a una rata campestre a convertirse en la cocinera de un afamado restaurante parisino, en la tan disparatada como deliciosa película Ratatouille. Pero el clima pareció aliarse con mi familia y tras el verano más largo de la historia, llegó un otoño cálido y soleado que me dejaba muy pocas excusas para no salir a correr un par de veces por semana.

Hace unos días se celebraba la 43 edición del Maratón de Ámsterdam. 45.000 corredores, de edades comprendidas entre los 4 y los 95 años, participaron en las distintas carreras que conforman el evento: además del maratón incluye distancias menores como los 8 kilómetros, el medio maratón y la carrera infantil. Contra todo pronóstico, fui la única representante de mi familia que pudo unirse a la fiesta el pasado 21 de octubre. Padre e hija, expertos corredores, se lesionaron durante la fase de entrenamiento y mi hijo ya se había desmarcado anteriormente aludiendo a unos horarios terribles en la universidad…

Confieso que hasta el último momento dudé que pudiera completarlo sin tener que recurrir a caminar parte de la distancia. Diga lo que diga el Señor Bennet, correr no está en mi ADN. El día de la carrera, sin embargo, ocurrió un pequeño milagro. Influenciadas quizás por el sugestivo marketing de la organización –que apela a la condición de superhéroes de todos sus participantes–, mis piernas se desligaron de dudas y pensamientos limitantes, e iniciaron un trote ligero que me llevó en un suspiro por el Vondel Park y el Rijksmuseum, y que culminó en el estadio olímpico con esta columnista convertida en un cliché andante desbordante de positivismo y endorfinas. Visto el increíble resultado de esta edición, la familia al completo decidió subir el listón y ya hay planes para correr el medio maratón en el 2019.

En esta época, en la que hasta la Organización Mundial de la Salud alerta del peligro que el sedentarismo supone para la salud, levantarse de la silla y empezar a mover el esqueleto puede parecer toda una hazaña. Les aseguro que vale la pena. Su cuerpo se lo agradecerá y los efectos colaterales no son nada despreciables. Imagínense la sensación de alcanzar el tren justo a tiempo en lugar de quedarse jadeando en el andén, literalmente con la puerta en las narices.

Patricia Narváez es asesora jurídica, escritora y colaboradora de Gaceta Holandesa

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3 Comments

  1. Hola. Me gustó tu relato. Soy de las que está horas sentada frente a la pv. Y eso de correr tampoco se me da. Si me gusta mucho caminar.

  2. Que sorpresa Patricia, no tenía ni idea de tus dotes deportivas, te felicito, fantástica experiencia estoy seguro me fascina la forma como lo describes.
    Hasta la próxima edición.
    H.Barragan

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