Holanda y sus cárceles de una sola llave

Cuando en mayo de 2016 la revista National Geographic publicó un reportaje sobre el uso que hacía Holanda de las cárceles vacías para acoger a refugiados, la imagen de un país seguro al que le sobraban celdas caló en el imaginario colectivo. Pero si bien es cierto que Holanda registra la menor tasa de detenciones de Europa junto con Finlandia, el cierre de una treintena de prisiones y otros centros penitenciarios entre 2014 y 2018 responde también a un ambicioso plan de recorte de gastos del ministerio de Justicia. Las claves: más celdas múltiples, una vida en prisión más austera e ingresos generados por la venta de centros que se han quedado obsoletos, como las cinco prisiones emblemáticas vendidas este año y que pronto se convertirán en viviendas de lujo y centros culturales fuera de lo común. Son las cárceles holandesas en las que sólo queda un cerrojo, el de la puerta de entrada.

​Las cifras del informe del ministerio de Justicia lo dejan claro: entre 2012 y 2016, tanto el número de encarcelados en prisiones, como en centros de menores, psiquiátricos penitenciarios o de internamiento para extranjeros ha disminuido entre un 20 y un 57 por ciento. El Gobierno holandés atribuye este descenso a varios factores: una población que envejece y por tanto, menos propensa a cometer actos delictivos; formas alternativas de cumplir condena, como programas sociales que ya no implican el encarcelamiento; y la aplicación de la directiva europea por la cual los extranjeros no pueden permanecer más de seis meses en centros de internamiento. En consecuencia: de las 13.500 plazas de que disponen los centros penitenciarios en Holanda, más de un tercio estaban desocupadas el pasado mes de mayo. A la nueva situación se suma una infraestructura anticuada y obsoleta que le cuesta cara al Estado y por lo que se ha acordado cerrar 30 centros, renovar otros 32 y despedir a dos de cada diez empleados de la plantilla total.

Detenciones más baratas

Con el fin de ahorrar 340 millones de euros entre 2013 y 2018, el Gobierno tiene claro que a menos gente, también tendrá que haber menos servicios. La austeridad que propone se traduce, por un lado, en un incremento del 50 por ciento en el número de celdas de más de una persona y, por otro, en menos programas de ocio para los encarcelados, como el de fin de semana. Entre las medidas más polémicas se encuentran una mayor implementación de la detención electrónica, a través de la cual el detenido no está retenido pero sí vigilado a distancia; y un recorte del gasto medio de  la atención psiquiátrica, con el fin de que los delincuentes sean reinsertados en la sociedad lo antes posible, algo que ha generado duras críticas entre psicólogos y psiquiatras forenses que temen recibir presión para conceder altas prematuras. Mientras se prevé la construcción de dos cárceles nuevas en Zaanstad y Veenhuizen, más modernas y con más capacidad en menos espacio, otras echan el cierre bien por ser demasiado antiguas o por su elevado coste de mantenimiento, como la prisión Bijmerbajes de Ámsterdam, la más cara de todas y conocida en los años setenta por sus amplias instalaciones y su oferta de programas de formación.

Vista aérea de Bijlmerbajes, en Ámsterdam © Marco van Middelkoop/Aerophoto-Schiphol
Vista aérea de Bijlmerbajes, en Ámsterdam © Marco van Middelkoop/Aerophoto-Schiphol

 

Torres blindadas

Como si de torres medievales se trataran, los seis colosos de trece pisos y 40 metros de altura que asoman sobre el río Amstel han albergado a más de setenta mil presos durante sus cuatro décadas de actividad. Es la prisión más cara que se ha construido en Holanda y también la más original e innovadora desde el punto de vista arquitectónico. Porque su apariencia de viviendas residenciales rompe con el estereotipo de prisión sombría y cerrada y sus instalaciones responden al objetivo de “recrear dentro la vida del exterior”, tal y como comenta uno de los entrevistados en el reportaje realizado por la cadena NPO el pasado mes de octubre. Ventanas sin barrotes pero con cristales de seguridad, aseos en cada celda, zonas comunes con pistas deportivas cubiertas y al aire libre, son algunos detalles que definen un proyecto de su época, la de los años setenta. La que pretendía ser la prisión más liberal de Holanda, donde se hacía la vista gorda en el consumo de drogas blandas y los prisioneros no vestían uniforme de preso sino su propia ropa, resultó ser la más costosa de mantener y una de las más inseguras. En los cuarenta años que permaneció abierta lograron fugarse algo más de un centenar de presos. Las imponentes torres acabaron siendo su mayor flaqueza: el control desde el edificio central era complicado de ejercer en un complejo inmenso en el que cada edificio se regía por sus propias reglas.

Una de las áreas al aire libre de la prisión y ala derecha, la larga galería subterránea que conecta las torres, comúnmente llamada Kalverstraat por los presos  © Rijksvastgoedbedrijf

Tras acoger desde 2016 un centro de refugiados y otras iniciativas culturales, este año el Gobierno la ha vendido por 83 millones de euros a la constructora holandesa BAM quien construirá 1.350 viviendas, 400 de ellas sociales. Bajo la batuta del conocido arquitecto Rem Koolhaas (OMA), el nuevo barrio será energéticamente neutral y aunque se demoliránn cinco de las seis torres, todos los materiales de la antigua prisión se reutilizarán, como las puertas de las celdas, que servirán para construir un puente. Un jardín vertical en la sexta torre; basura orgánica transformada en electricidad y la mayor parte de la energía obtenida a través de paneles solares completan un proyecto tan representativo de una era como lo fue en su día la prisión de Bijlmerbajes, la más popular del país.

Proyecto de viviendas sostenibles planificado en los terrenos de la antigua cárcel © Gebieds- en vastgoedontwikkelaar AM

Las tres cúpulas

De las ocho cárceles que existen en todo el mundo con la llamada arquitectura panóptica, circular y desde cuyo centro se puede vigilar todas las celdas, tres están en Holanda. Y todas en venta. Redondas, con una cúpula en su edificio central, fueron construidas a finales del siglo XIX con el fin de contar con prisiones eficaces y baratas, para las que hiciera falta poco personal ya que bastaban un par de personas para controlar cada rincón desde un único punto. “Pero el diseño fue un fracaso porque no contaban con el detalle de que, al igual que el carcelero puede controlar a los presos, éstos también le controlan a él” explica a Gaceta Holandesa el arquitecto y co-propietario de la cárcel circular de Haarlem, Thijs Asselbergs. Él y cuatro socios más le han comprado la prisión al Estado holandés por algo más de seis millones de euros, con la intención de fundar un campus universitario al estilo anglosajón, donde los estudiantes se alojen y dispongan de todos los servicios en un solo lugar.

Pero una cúpula en pleno centro de la ciudad no sólo puede ser el lugar idóneo para la formación académica sino también para la diversión más original. “Durante las cuatro horas que dura la actividad, recreamos la vida en la prisión con más de 80 actores que se lo ponen difícil a los 400 participantes que tienen que lograr escapar” explica Rik Stapelbrok, uno de los fundadores de Prison Escape, un escape room diferente porque se desarrolla en antiguas prisiones en desuso y se realiza a gran escala. Ahora están instalados en la antigua cárcel circular de Breda. “La primera sesión la hicimos en la cárcel de Róterdam con los 24.000 euros que logramos a través de una campaña de crowdfunding” relata Rik, quien añade que “el próximo mes de julio, cuando venza nuestro contrato de alquiler aquí, cogeremos nuestras cosas y nos iremos en busca de otra prisión vacía. En Holanda no faltarán”.

Tráiler de Prison Escape que tiene lugar en la antigua cárcel de Breda

La tercera de las cúpulas se encuentra en Arnhem, es la más antigua y todavía no se ha alcanzado un acuerdo de compra-venta, según establece la web del patrimonio inmobiliario estatal. Al contrario que en el caso de las otras tres, esta permanece cerrada: no está alquilada ni ha sido utilizada para acoger refugiados durante la crisis de hace dos años. Se trata de una excepción si se tiene en cuenta que el organismo holandés de ordenación penitenciaria (DJI) no ha dudado en alquilar los centros que se quedaban vacíos. Mientras la prensa informaba sobre las iniciativas sociales y culturales que tomaban las celdas, en localidades aisladas como Veehuizen, al norte, la prisión se cedía al gobierno noruego que todavía hoy mantiene encarcelados allí a 242 criminales, un servicio con personal incluido por el que los noruegos pagan un alquiler de 25,5 millones de euros anuales. Bélgica llegó al mismo acuerdo con la prisión de Tilburg que, antes de cerrar, retuvo a 500 prisioneros en sus celdas entre 2010 y 2016. Este año, además de los prisioneros, también se han quedado fuera los 400 empleados fijos que trabajaban en el centro penitenciario.

Thijs Asselbergs, arquitecto y co-propietario de la antigua cárcel circular de Haarlem

“La gente seguirá sintiendo que está en una antigua cárcel, así preservaremos nuestra herencia histórica”

Hace dos años se embarcó en la aventura de adquirir, junto con cuatro personas más, una de las prisiones más emblemáticas de Holanda. El precio a pagar han sido 6,4 millones de euros y muchas horas para convencer a los políticos locales de que un espacio público, híbrido, que combine educación y cultura, es posible. Ahora toca recuperar la financiación. Mientras es uno de los pocos holandeses que puede presumir de tener la llave de una prisión, nos pide, irónicamente, que recemos con él para que esta iniciativa, que nace de manos privadas para ser de uso público, no se vaya al traste.

​¿Qué tiene de especial la cárcel de Haarlem?

Esta prisión se construyó según la filosofía del siglo XIX, con celdas de 11 metros cuadrados y un espacio común demasiado grande, muy poco eficiente, y que hoy en día cuesta mucho mantener porque no están bien aisladas. Son edificios muy bonitos que se pueden destinar a muchas otras funciones y eso lo ha visto bien el Gobierno y por eso ha preferido venderlas todas. Aunque lo cierto es que no es fácil dar con la funcionalidad idónea por la característica tan especial que tiene.

​¿En qué se basa su proyecto exactamente?

Nosotros teníamos claro que este espacio tenía que ser abierto, público, para los habitantes de Haarlem. Además creíamos que la ciudad se merecía un centro universitario, que no tiene, y que este era el sitio perfecto para hacer un proyecto flexible, con celdas que los estudiantes puedan usar para trabajar juntos, y espacios híbridos donde se desarrollen desde exposiciones temporales hasta conferencias. La idea es tener en Holanda un college al estilo de Cambridge, que ofrezca estudios de tres años y donde los estudiantes residan, en un campus dentro de la universidad. Todo eso a pequeña escala. Estamos pendientes de que una de las universidades de Holanda lo acoja dentro de su oferta de estudios, porque sólo así lograremos que sea algo público y que el Estado nos lo financie.

¿No es demasiado ambicioso: una universidad, restaurante, exposiciones y otras actividades públicas?

En este caso actuamos como una inmobiliaria que necesita alquilar sus metros cuadrados y por eso nos hace falta mucha gente que contrate el espacio para sus proyectos sociales o culturales a un precio bajo. Además de start-ups y otras empresas que empiezan, también contaremos con los museos de la ciudad, Tylers y Frans Hals, que expondrán sus propuestas temporales. Esta es la única manera de obtener beneficio de un gran proyecto como este.

​Una vez inaugurado este centro ¿qué quedará de su vida anterior como prisión?

El viejo edificio se mantendrá intacto. Aunque tiraremos los tabiques de muchas celdas para abrir espacios y construiremos un anillo de cristal de tres pisos bajo la cúpula, la esencia del edificio permanece. Las escaleras de hierro se quedan al igual que las puertas de las celdas: no cambiaremos nada de eso. Sólo añadiremos más volumen en su interior, pero la gente seguirá sintiendo que está en una cárcel, y espero que lo hagan admirando su belleza y no pensando en lo que pudieron vivir los prisioneros. Tenemos que cuidar nuestros recursos y ser capaces de darles una segunda vida pero sin olvidar lo que fueron, sólo así preservaremos nuestra herencia histórica.

 

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