Entrevista a Hans Blom, responsable del informe Srebrenica y autor de referencia sobre la historia de Holanda

“Nunca imaginé que nuestro informe pudiera hacer caer el Gobierno, pero así fue”

El que se interese por la historia reciente de Holanda, antes o después acabará leyendo lo que sobre ella ha escrito Hans Blom, uno de los historiadores más reputados del país. Catedrático en la Universidad de Ámsterdam desde 1983, fue también director del Instituto de Documentación Bélica (NIOD) hasta su jubilación en 2008. Fuera de Holanda se le conoce por ser el máximo responsable del informe Srebrenica, una zona segura:  5.000 páginas que pretenden esclarecer los hechos en torno a la masacre que tuvo lugar en el verano de 1995 y en la que tropas serbias asesinaron a más de 7.000 hombres y niños musulmanes. El informe, elaborado por el instituto que él dirigía, supuso la caída del Gobierno de Wim Kok en 2002. En su casa de Leiden hablamos con él de cómo se escribe la historia, de los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y de los cuentos de buenos y malos que pasan de generación a generación.

¿Existe una manera objetiva de estudiar la historia?

Hay dos maneras de aproximarse a la historia: por un lado, desde la memoria colectiva, y por otro, desde la consciencia histórica. Si estudiamos la historia de forma consciente, lo hacemos como algo que ocurrió muy distinto del tiempo que vivimos actualmente. Intentamos entenderla según las circunstancias de antes, haciendo el esfuerzo de borrar de nuestra cabeza lo que sabemos que pasó después. Porque sólo podemos entender las acciones de los protagonistas de un determinado hecho histórico si nos ponemos en su piel, sin saber lo que aconteció más adelante. El porqué de sus actuaciones sólo puede interpretarse bien si se tienen en cuenta los sucesos inciertos, los que se sucedían al mismo tiempo aquí y allí, en aquel momento. Incluso la moral, lo que nos parece bien o mal, es importante entenderla en el marco histórico de su tiempo, no aplicando nuestros valores morales actuales. La diferencia entre una forma y la otra es que la consciencia histórica busca entender el hecho histórico en su contexto, mientras que la memoria colectiva, que es la que predomina en la sociedad, hila un hecho con otro de forma consecutiva, sin más.

¿Cómo logra un historiador no juzgar los hechos que estudia?

La única manera es aplicando el método científico a lo que analiza. Un historiador no es un juez de la moral. Como investigador, uno intenta tomar distancia y que nuestras emociones y opiniones no afecten a lo que estamos estudiando. Incluso si nunca podremos lograrlo al cien por cien, el 90 por ciento ya es un logro: hay que intentarlo siempre. Porque si no se trabajara de esta manera, investigando lo que pudo ocurrir de una manera exhaustiva, entonces no habría diferencia entre ciencia y política. Y en este sentido es fundamental mantener un espíritu crítico, por ejemplo, con aquello que nos cuenta la gente que entrevistamos para nuestra investigación. Porque puede pasar que lo que creíamos que era cierto, como el orden en el que los hechos sucedieron, deje de serlo, porque otras personas cuenta algo distinto. Por eso hay que ser extremadamente cuidadoso con toda la información que se maneja. Los documentos o informes que se obtienen, ¿quién los elaboró? ¿con qué propósito? ¿se trata de un texto privado o público? Porque si es algo personal sus emociones pueden alterar su punto de vista acerca de un hecho.

​¿Es usted capaz de tomar distancia con temas tan sensibles como la Segunda Guerra Mundial?

Durante décadas me he especializado en el estudio de la Segunda Guerra Mundial, y por eso no tengo ningún problema para distanciarme emocionalmente de ese capítulo de la historia. Pero a menudo me piden que diga unas palabras el 4 de mayo, con motivo de la fiesta nacional en recuerdo de las víctimas. Y como ciudadano me parece bien y no tengo ningún problema con este tipo de homenajes, pero como historiador, este tipo de actos me plantean muchas dudas. Y es que por muy fuerte que parezca, para llegar a entender la Segunda Guerra Mundial hay que buscar qué tenía de atractivo y de interesante el nazismo y el nacionalsocialismo. Sólo tomando esta postura más abierta podré saber por qué hubo tanta gente que se sumó a este movimiento. Y en un encuentro así, la gente no espera que les digas eso. Así que suelo buscar una historia personal que cuente algo más, entre líneas: que relate cómo la gente, durante la guerra, no tuvo elección, o como los hechos a menudo ocurrían de forma distinta a cómo se esperaba. Y después de contar esto, suelo decir: “pero ustedes no han venido aquí a escuchar este relato personal, sino a oír de mí el mensaje de un día como hoy”. Se lo doy, pero dejo claro que los hechos históricos no tienen una moraleja, que las decisiones que unos y otros tomaron no derivaron de una moralidad que se pueda discernir claramente. Porque la historia no se escribe en términos de lo que está bien y lo que está mal.

 

Hans Blom en un momento de la entrevista, en su casa en Leiden. © Fernández Solla

¿Por qué sigue suscitando tanta polémica, o tanto interés, la Segunda Guerra Mundial?

Desde la creación de los Estados-nación en Europa, la historia moderna se ha escrito desde una perspectiva muy nacionalista. Y aunque la norma era mantenerse imparcial ante los hechos históricos, la realidad era la contraria: la mayor parte de los libros de los sesenta y setenta sobre la Segunda Guerra Mundial eran tremendamente partidistas. En los ochenta, hice un alegato para que, de una vez por todas, la Segunda Guerra Mundial se estudiara como cualquier otro capítulo de nuestra historia. Otros muchos historiadores tenían la misma opinión, y poco a poco se fue modificando la forma en la que se relata la Segunda Guerra Mundial, dejando las emociones a un lado. Y ahora puedo decir que en el mundo académico ya no se estudia la guerra en términos de buenos y malos, eso ya está superado. Pero curiosamente en el público general esta dicotomía se ha reforzado todavía más. Es una misión perdida.

Cuando trabajé como asesor para la serie que realizó la televisión VPRO sobre la historia de Holanda durante la ocupación alemana, nos criticaron por ser poco moralistas. Hicimos un gran esfuerzo por mostrar las emociones y las percepciones de la época, intentando no trasladar las nuestras de hoy en día, es decir, sin señalar con el dedo a las víctimas y a los verdugos. Pero no todo el mundo lo entendió bien.

Quizás porque resulta difícil aceptar esa postura moderada ante hechos como el genocidio judío, ¿no cree?

Nosotros, como historiadores, no podemos juzgar de esta manera, por muy complicado que sea de aceptar. Cuando en una charla intento explicar esto, es habitual que alguien del público me increpe, “pero señor, ¿no le parece una vergüenza el genocidio judío?”. Pues claro que me parece tremendo que se aniquilara a seis millones de personas, ¿cómo no me lo va a parecer?, pero como historiador mi preocupación es la de intentar entender por qué pasó algo así, no la de argumentar si está bien o mal. En Holanda se asesinó al 75 por ciento de la población judía, en Bélgica al 40 y en Francia al 25 por ciento, a pesar del sentimiento antisemita que había en Francia a principios de siglo. La pregunta es ¿cómo puede ser esto así? ¿por qué murieron tantos judíos de Holanda? Y la respuesta nunca será una sola razón sino la combinación de múltiples factores. Porque la historia se compone de muchísimas circunstancias que ocurren al mismo tiempo, de un número interminable de decisiones que millones de personas toman consciente e inconscientemente. Porque incluso si no hacen nada, esta pasividad es una toma de partido también.

Precisamente esta pasividad es la que le criticaron al batallón holandés presente en Srebrenica cuando se llevó a cabo la masacre durante la guerra de Yugoslavia. Usted aceptó el encargo del Gobierno de Wim Kok de investigar lo que ocurrió, ¿cómo fue la petición?

La caída de Srebrenica y la tragedia que le sucedió tuvieron lugar en el verano de 1995, y al estar allí los cascos azules holandeses, el asunto dio lugar a un amplio debate en el Congreso. La responsabilidad de Holanda en esta misión hizo que se le achacara al Gobierno el no evitar la matanza. Los medios empezaron a filtrar nuevas informaciones de sucesos francamente extraños, también me lo parecieron a mí. Y se llegó a una situación insostenible, a una presión social y mediática que obligó al Gobierno a reaccionar. Un año después, en el verano de 1996 me pidieron que liderara una investigación, que en principio se pretendía que fuera internacional, pero Francia y Estados Unidos declinaron participar. A pesar de ello, el Gobierno insistía en que había que aclarar lo ocurrido y seguimos adelante. Yo era catedrático de Historia en la Universidad de Ámsterdam y acababa de ocupar mi puesto como director del Instituto NIOD. La reputación del Instituto en este tipo de investigaciones era muy buena, se le conocía como un organismo independiente, que no estaba alineado con ningún partido político. Pero este asunto era tremendamente sensible, lo ocurrido había conmocionado a la opinión pública en Holanda y el Instituto no quería que se le vinculara políticamente. En un par de días, tuvimos que decidir si seguíamos adelante o no. Y recuerdo hablar con otros miembros de la dirección, diciendo que “si, como científicos que somos, nos llega un político pidiendo que investiguemos algo de esta relevancia histórica, porque tiene interés en saber lo que ocurrió, ¿acaso podemos negarnos?”. Aunque algunos se mostraron contrarios, la mayoría sentimos que era nuestra responsabilidad seguir adelante.

Documental de la BBC, “A cry from the grave” sobre la caída de Srebrenica en manos del ejército serbio, con testimonios del jefe del batallón holandés Dutchbat allí desplazado.

¿Tuvieron libertad para investigar?

Sí, absoluta libertad. Dejamos muy claro que la política debía quedar fuera y que debíamos tener acceso libre a las fuentes de información y las preguntas las plantearíamos siempre nosotros. Nos tenían que dar tiempo suficiente para investigar y el informe debía hacerse público una vez presentado al Gobierno. Acordado todo esto, hicimos realmente lo que quisimos, con independencia total. La prueba está que publicamos el informe poco antes de las elecciones generales, ¿cree usted que el Gobierno lo habría permitido en caso de tener influencia sobre nosotros? Por no hablar del resultado de la investigación, ¿cree usted que nos habría dejado publicar lo que publicamos? Todo el mundo quería saber lo que pasó de verdad, de una manera clara e imparcial.

Y su informe provocó la dimisión del Gobierno en bloque, ¿se lo esperaba?

Sabíamos que habría reacciones, pero no, no me podía imaginar que esto haría caer el Gobierno. Y sí, fue desafortunado publicarlo justo antes de unas elecciones generales. Años antes nos habíamos propuesto evitar el debate electoral porque no queríamos que el informe se convirtiera en un arma política. Pero no tuvimos elección. Kok ya había anunciado que no repetiría mandato y teníamos que hacerlo público antes de que él se fuera puesto que era él quien nos lo había encargado. En estos casos uno nunca lo hace bien, el dilema es muy grande. Cuando el primer ministro dimitió, me pareció lógico, pero también me sorprendió. Porque lo cierto es que el Gobierno neerlandés no fue el principal responsable de esta matanza ni tampoco del proceso judicial posterior. Pero el batallón neerlandés de los cascos azules, Dutchbat, estaba allí, y no cabe duda de que jugó un papel en el suceso. Kok entendió que alguien debía tomar responsabilidad política por la actuación de los soldados holandeses y él ha sido el único que lo ha hecho hasta la fecha. Su dimisión fue más un hecho simbólico, porque en cualquier caso abandonaba su cargo semanas después, pero aún así, a mí, como ciudadano, me impresionó su gesto.

El pasado mes de noviembre el general Ratko Mladic fue condenado a cadena perpetua por el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia en La Haya, en un proceso que ha durado seis años. ¿Está de acuerdo con el fallo?

En el informe no culpamos ni juzgamos a nadie pero sí hablamos de responsabilidades. Y lo que sí se ha podido analizar y es evidente es que Mladic fue el principal responsable de todo lo que ocurrió en Srebrenica. No tengo ninguna duda de que la reconstrucción de la tragedia que publicamos en nuestro informe es veraz y la prueba es que desde entonces no ha habido ninguna otra investigación que ofrezca una visión fundamentalmente distinta de los hechos. Además, los dictámenes pronunciados posteriormente por el Tribunal concuerdan con lo que nosotros expusimos en el informe. La historia encaja. Y eso hace que me sienta satisfecho, por la aportación que supuso esta investigación a la historia de esta guerra y por las consecuencias políticas que tuvo, algo que hasta entonces no había pasado con ninguna investigación histórica. Hubo gente que nos criticó diciendo que jugamos un papel político con este informe. Puede ser que inconscientemente lo hiciéramos, pero dadas las circunstancias de entonces, cuando nos pidieron investigarlo, creo que hicimos lo correcto. Y todavía lo pienso.

Arriba, restos del muro del Atlántico construido por los alemanes en Holanda durante la guerra. A la derecha, archivos del NIOD. © Fernández Solla Fotografie y NIOD.

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