Entrevista a Mahmud Hassani, fundador, junto con su hermano, de Mine Kafon

“Usando drones se podrían destruir en diez años las cien millones de minas antipersona que hay en el mundo”

Los Hassani son dos hermanos, de origen afgano, que llegaron a Holanda hace casi dos décadas huyendo de la guerra. Hoy cuentan con una de las start-ups más alabadas del país, que gracias a dos campañas de crowdfunding han logrado recaudar más de medio millón de euros para diseñar aparatos que destruyen las minas antipersona de forma segura y en un tiempo récord. Su proyecto empezó en 2012 con la creación de una bola gigante, hecha con palos de bambú y detonadores, que se desplazaba por la fuerza del viento hasta que detonaba una mina. Su Mine Kafon, como le bautizaron, reproduce los juguetes que ellos mismos fabricaban a las afueras de Kabul, a escasos metros de los campos minados. Y en su estructura hay algo mágico: es la victoria de lo etéreo, lo bello y lo liviano sobre el horror del que es capaz el ser humano. Tal y como lo habría imaginado un niño de siete años.

¿Cómo empezó esta aventura?

Llegué a Holanda en el 2000 y mi hermano lo hizo en 1998 cuando él tenía catorce años. Yo soy dos años más joven que él y vine con mis hermanas y mi madre después de que él lo hiciera primero. Él estudió diseño en la Academia de Diseño de Eindhoven y yo estudié Marketing y Relaciones Púbicas. Su prototipo de Mine Kafon, la bola que se hizo tan conocida, fue su proyecto de fin de carrera. La idea parte de nuestros recuerdos de infancia en Afganistán, cuando de niños nuestro lugar de juego era un terreno minado a las afueras de la ciudad. Vivíamos cerca del aeropuerto, en Kabul, donde mi madre trabajaba como ingeniero y arquitecto en una fábrica. Mis padres trabajaban todo el día y nosotros jugábamos solos al aire libre. Poco después estalló la guerra y aunque Kabul seguía siendo un lugar seguro, los adultos se centraban en conseguir comida y bienes básicos y nosotros tuvimos que apañárnoslas para seguir teniendo juguetes. Y los fabricábamos con lo que encontrábamos por ahí. Nos encantaba crear estructuras que se movían con el viento, desde cometas hasta bolas que corrían por el suelo. Y las dejábamos correr también por campos minados, imagínate el riesgo que corríamos. Había minas desde la guerra fría y después todavía más cuando estalló la guerra. El cartel de No Pasar estaba en medio de la nada, uno lo traspasaba sin darse cuenta. Así era el lugar en el que mi hermano y yo jugábamos cuando teníamos siete, ocho años. En una de estas bolas fue en la que mi hermano se inspiró para crear el artefacto antiminas Mine Kafon. Cuando la guerra estalló en nuestra ciudad, mi padre murió y mi madre decidió que teníamos que huir. Fuimos primero a Pakistán, después a Uzbekistán, hasta que finalmente llegamos a Maastricht. Tardamos seis años en llegar a Holanda desde Afganistán.

Vídeo realizado tras el lanzamiento de Mine Kafon, la bola que destruye minas, en 2012.

Y ¿por qué Holanda?

Fue pura casualidad. Lo único que mi madre sabía de Holanda era lo relacionado con las flores y yo de su equipo de fútbol, porque recuerdo que en el mundial de 1998 Holanda jugó la semifinal contra Brasil y eso se me quedó grabado. Para nosotros Europa era Alemania, donde teníamos familiares. Holanda quedaba muy lejos. Pero sabíamos que quedarnos aquí era relativamente sencillo porque por aquel entonces gobernaba el partido socialista (PvdA) con una política pro-inmigración. Mi madre solicitó el asilo para nosotros y a los seis meses lo obtuvimos. Desde entonces nos instalamos en Maastricht y ya llevamos aquí 18 años.

Los dos han aprendido el idioma y estudiado una carrera, algo que no parece tan fácil cuando se llega de adolescente, ¿no es así?

En cada país en el que vivimos mi madre nos llevó al colegio y nunca dejamos de estudiar, no perdimos ni un año a pesar de los viajes. Distintos idiomas, distintos modelos de educación, no le impidieron a mi madre insistir en que teníamos que estudiar. Yo hablo ruso y entiendo algo de urdu así que cuando llegué aquí y tuve que aprender neerlandés no me pareció difícil, sino lo habitual. No recuerdo que estos años fueran duros. Los niños son capaces de adaptarse muy bien a cualquier circunstancia, y nosotros estábamos muy acostumbrados a cambiar de colegio y de vida. Aquí hemos trabajado y seguido estudiando hasta lograr lo que queríamos. Cuando mi hermano me contó el proyecto de diseño que quería hacer, tan ligado a nuestros orígenes, a nuestra infancia, me gustó mucho poder ayudarle. Porque somos de muchos sitios a la vez, nos sentimos holandeses, pero sabemos de donde venimos y queríamos llamar la atención del problema que tiene nuestro país con las minas antipersona.

El éxito de Mike Kafon fue enorme desde el principio, incluso los de Kickstarter les ayudaron, ¿cómo fueron los comienzos?

En 2012 decidimos financiar el proyecto con crowdfunding y lo colgamos en Kickstarter, aunque no fue fácil porque hace unos años esta web no operaba en Holanda y tuvimos que registrar una entidad en Inglaterra para poder hacerlo. Pedíamos 100.000 euros pero a pesar de hacer campaña y todo el ruido posible no logramos casi nada. Hasta que en Nochebuena de aquel año empezamos a ver que había mucho movimiento en nuestra página de Kickstarter y supimos que había sido gracias a la propia Kickstarter que había lanzado una nota de prensa animando a todo el mundo a participar en nuestro proyecto. En cinco días conseguimos hasta 140.000 euros para ponerlo en marcha. Así empezó todo: pensamos que nuestro Mine Kafon era el concepto perfecto para pedir a la industria que se dedica a desminar que sea más innovadora, que no puede seguir dependiendo de personas que hagan el trabajo como hace décadas. Y para nosotros era el primer paso en la fundación de una empresa con la que pretendíamos ofrecer soluciones nuevas.

Su diseño de la bola que se desplaza con el viento y puede hacer estallar hasta tres minas no cumplía los estándares internacionales de este tipo de artefactos aunque llamó la atención de todo el mundo. ¿Qué hicieron después?

Estuvimos trabajando mucho en el prototipo de Mine Kafon, testándolo con el ejército holandés e investigando con ONG dedicadas a la retirada de minas. Pero vimos que era un concepto estático, y que sólo podía funcionar en el entorno para el que fue diseñado, es decir, en un lugar árido, llano y ventoso como las afueras de Kabul. Aunque su uso es limitado y poco profesional, sigue cumpliendo su función inicial de ofrecer a las comunidades locales donde no hay organizaciones internacionales una alternativa fácil para desminar sus campos. El que quiera puede descargarse un pdf con todas las instrucciones y el material que tienen que conseguir no les cuesta más de 40 euros. Mine Kafon es ahora parte de una fundación que hemos creado para apoyar a las personas que sufren este problema en todo el mundo. Y paralelamente hemos seguido trabajando en nuestro propósito de abaratar y hacer más seguro el proceso de retirada de minas antipersona. Porque desminar es un proceso extremadamente peligroso y muy costoso: todavía hoy se siguen usando perros o personas que caminan sobre el campo minado buscándolas. Y una mina cuesta 3 dólares ponerla y 1.200 retirarla. Esto nos parecía que no tenía sentido. Nosotros creemos que se puede hacer de una manera más segura y barata, usando la tecnología actual para mapear las zonas minadas y obtener datos. Así que empezamos a jugar con drones (sonríe).

Con los drones empezaron hace casi cinco años y estos meses ya están con los últimos tests. Cuéntenos mejor qué ofrece cada uno.

En estos años hemos creado un equipo de diseñadores, ingenieros e informáticos que ha estado investigando con profesionales del sector las mejores opciones para desminar con drones. Para nosotros es esencial poder obtener datos y sobre ellos monitorizar las actividades que se llevan a cabo en una región. Para ello hemos diseñado tres tipos de drones: Vento puede mapear una zona desde el aire; Manta es capaz de desminar una zona, primero detectando donde se encuentran las minas y segundo destruyéndolas con su brazo robótico que puede arrojar un detonador sobre la mina; y Destiny es el que permite hacer un seguimiento de toda la actividad. Y en función de las exigencias e idiosincrasias de cada país adaptamos nuestros drones. Por ejemplo, las fuerzas armadas holandesas prefieren que las minas no se destruyan y retirarlas una a una, para evitar que se queden restos esparcidos que puedan dar lugar a errores de mapeo posteriormente. Pero en Vietnam sí quieren que se detonen. En definitiva, lo que queremos es que de una vez por todas deje de haber personas que hagan este trabajo sobre el terreno, porque ellos suponen el 7 por ciento de las víctimas por minas antipersonales.

En Canadá otro ingeniero de origen camboyano está trabajando en una tecnología similar. ¿Podemos decir que el desarrollo de estas nuevas soluciones recae sobre todo en start-ups de jóvenes como ustedes y no en Gobiernos u organizaciones como UNMAS de Naciones Unidas?

No lo sé, pero lo cierto es que el desarrollo tecnológico para retirar las minas siempre ha sido cosa del ejército, y estas organizaciones compraban lo que el departamento de defensa de un determinado país desarrollaba. Pero la industria con la que Defensa trabaja lleva sesenta años haciendo lo mismo, está acomodada. Es verdad que estos avances hoy en día proceden sobre todo de start-ups como la nuestra. Y el por qué las organizaciones no hacen más, no puedo saberlo. En otros ámbitos como la seguridad alimentaria o el agua se está invirtiendo mucho para atajar problemas como la pobreza, pero las minas antipersona es algo que pasa a un segundo plano cuando afecta directamente a sesenta millones de personas, aísla a las poblaciones, le impide a un país crecer y causa 6.000 muertes cada año. Esto hay que pararlo como sea.

Mientras existen 60 países con minas de conflictos pasados, hoy en Siria o Yemen, por ejemplo, se están colocando más y más a diario. ¿Es posible trabajar allí?

No, nuestro proyecto no está pensado para implementarse mientras haya guerra sino después, una vez que el lugar es seguro y se puede mapear todo con precisión. Es verdad que resulta desalentador pensar que mientras nosotros intentamos limpiar el planeta de minas antiguas, otras las están reemplazando en otros lugares del mundo. Pero piensa que si realmente nos quisiéramos poner en serio a retirar todas las existentes en Colombia, Angola, Camboya, Afganistán…con la tecnología avanzada como la que proponemos podríamos hacerlo en 10 años. Esto es algo que tal y como se hace ahora, con profesionales detectando una a una, es impensable, tardaríamos mil años. Nuestro cálculo está basado en el tiempo que le lleva a una persona limpiar de minas un área concreta. Con un dron se puede hacer veinte veces más rápido que de la manera tradicional.

Su empresa parece un ejemplo claro de start-up actual, con un equipo joven e internacional y cientos de miles de euros logrados a través de crowdfunding

Sí, hasta ahora gracias al crowdfunding hemos conseguido trabajar cómo queríamos, con total independencia y haciendo mucho en muy poco tiempo. Somos 16 personas en un equipo internacional, cinco de ellas fijas. Hemos tenido gente de Alemania, Bélgica, México, Omán, Paraguay, Turquía, Holanda, Italia, España, Grecia o Canadá, todos mentes brillantes que podrían trabajar para otros grandes como Tesla pero que prefieren dedicar su esfuerzo a solucionar un problema tan grande como este, con las ganas de cambiar el status-quo que hay hoy en esta industria. Aunque parezca que nos ha ido muy bien, hemos pasado momentos duros de falta de financiación y el crowdfunding a este nivel requiere mucho esfuerzo, porque a cada persona que aporta su grano de arena se lo agradecemos con un detalle y en la última campaña logramos el apoyo de ¡4.380 personas!

​¿Han vuelto a Afganistán?

No, todavía no. Hace unos años quisimos volver pero por la inestabilidad en el país decidimos esperar. Quizás en un futuro.

Si les preguntan a usted y a su hermano dónde está su hogar, ¿qué responden?

Holanda, por supuesto. Afganistán siempre será nuestro país, donde hemos nacido y de donde viene nuestra familia y nuestra cultura. Pero para mí, mi lugar en el mundo es Maastricht. Y cuando me preguntan sobre la extrema derecha aquí, siempre digo que Holanda es un país donde si trabajas bien recibes todas las oportunidades, las puertas no se te cierran por ser diferente. Me atrevo a decir que hay marketing político alrededor de estos mensajes anti-inmigración. Meten a todos los afganos o sirios en el mismo saco para ganar votos y asustar a la gente, pero en realidad, la sociedad sabe que no es así, porque conocen los casos concretos. Yo nunca he sentido este extremismo en la calle, en mi ciudad. Ni antes ni ahora. En alguna ocasión me he topado con una manifestación anti-inmigración, pero poco después llego a mi oficina, donde trabajamos con gente de lugares diferentes, sin fronteras, ni religiones, ni etnias, ni cultura mejor que otra. Y se me olvida.

​De refugiado a emprendedor exitoso, ¿son estos los mejores años de su vida aquí?

No sabría decirlo, hace 18 años ¡estábamos tan felices de llegar a Holanda! Y yo me lo pasé muy bien el tiempo que vivimos en el centro de acogida (COA). Allí hice muy buenos amigos, íbamos al colegio juntos, jugábamos al fútbol, hacíamos natación y ¡comíamos pollo frito con patatas! Disfruté cada minuto. Nuestra vida fue mejorando poco a poco año tras año, desde que salimos de Kabul en plena guerra hasta que llegamos aquí. Después nos dieron nuestra casa, en la que todavía vive mi madre, y desde entonces hemos tenido una vida feliz. Es probable que mi madre no lo haya vivido igual, con las preocupaciones de saber si se puede quedar o no, pero yo era un chaval.

Su madre debe estar orgullosa de ustedes…

Eso no lo sé. Supongo que sí.

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