Desde hace siete años, el punto más alto de los Países Bajos no se encuentra en Europa sino en Saba y hace tan solo unos meses el país ganó diez hectáreas más alrededor del Mosa gracias a un acuerdo con Bélgica. Mientras algunas fronteras se modifican, otras que deberían haberse actualizado permanecen intactas desde hace casi mil años, como los enclaves neerlandeses que se entrelazan con los belgas en Baarle, un casco urbano que sobre el plano parece un auténtico rompecabezas. El pasado colonial, unido a una historia cargada de disputas por un territorio casi anegado, ha dibujado unas fronteras imprevisibles. Acertar a denominarlo como se merece, Países Bajos en lugar de Holanda, ya no es suficiente para hablar con propiedad sobre este país: su perímetro ha variado tanto a lo largo de la historia que solo unos pocos sabrían decir dónde empiezan y dónde terminan los Países Bajos.

El pasado 28 de noviembre, el mundo se sorprendió por el civismo demostrado entre Bélgica y Holanda al modificar sus fronteras de forma pacífica. Se trataba de un pequeño territorio de unas decenas de hectáreas a orillas del Mosa cuya rectificación ha resuelto el problema de acceso por vía terrestre a la parte que le corresponde a cada país. Tras las obras llevadas a cabo en los años sesenta para facilitar la navegación en los meandros del río, una península del tamaño de 28 campos de fútbol se había convertido en zona sin ley,  ya que la policía belga no podía patrullar allí sin permiso de las autoridades holandesas. Aunque el problema se ha resuelto sin mayor transcendencia, un acto así de cesión mutua de soberanía no deja de estar cargado de simbolismo político. “Este tipo de intercambio de territorio es algo muy excepcional hoy en día. Primero porque la frontera belgo-neerlandesa apenas ha variado nada desde el final de la guerra de los ochenta años, que terminó con la independencia de Flandes del Reino de España en 1648. Y cuando dos siglos después Bélgica se independizó de los Países Bajos, la frontera quedó prácticamente igual. Y segundo porque se ha realizado por un asunto muy práctico, para permitir que la policía belga pueda controlar el tráfico de drogas y la prostitución que se estaba dando en la zona. Esta idea práctica es algo único. En los últimos siglos la modificación de las fronteras, aunque también solía hacerse de forma pacífica, siempre venía precedida de un conflicto, de una guerra” explica Randall Lesaffer, catedrático de Historia del Derecho por la Universidad de Tilburg.

Y es que las  conquistas e invasiones a las que ha estado sometida Holanda a lo largo de su historia, tanto por los españoles como por los franceses, desde el Duque de Borgoña hasta Napoléon,  han dejado huella en lugares tan excepcionales como  Baarle, un pueblo dividido entre Bélgica y los Países Bajos: la parte belga, Barle Hertog, cuenta con más de veinte enclaves en territorio neerlandés y la neerlandesa, Baarle Nassau, está situada tanto en los Países Bajos como dentro de los enclaves belgas. “El caso de Baarle es muy curioso porque responde a una situación típica de la época feudal pero al contrario de lo que ocurrió con la mayoría de estos territorios al regularse en el siglo XVII, con Baarle sencillamente no se hizo nada. El problema fronterizo nunca se resolvió y no sé por qué, creo que nadie sabe realmente por qué, se ha mantenido así hasta hoy” confiesa Lesaffer.

Un volcán en el Caribe: el pico más alto de los Países Bajos

Desde que en 2010 las islas de Bonaire, Saba y San Eustaquio pasaran a formar parte de los Países Bajos como municipios especiales de ultramar, sus 25.000 habitantes son oficialmente neerlandeses, con derecho a voto en las elecciones generales del próximo mes de marzo y el mismo sistema educativo, de salud o cuerpo policial que en las provincias del continente europeo. Antes de esta fecha, tanto éstas como Curazao y Sint Maarten formaban las llamadas Antillas Neerlandesas, un estatus que cambió tras los referendos celebrados en cada una de las islas. Mientras las más grandes decidieron declararse países independientes dentro del Reino de los Países Bajos, que ha pasado a convertirse en algo parecido a la Commonwealth británica, las más pequeñas apostaron por formar parte de Holanda a todos los efectos, como provincias de ultramar.

Seis años después, “gran parte de los isleños se sienten satisfechos con los cambios más prácticos que han ocurrido pero no están contentos con lo mucho que han pasado a depender del gobierno holandés y con su pérdida de autonomía. La mayoría se queja de que los políticos en La Haya no conocen bien su cultura ni las diferencias entre ellos” explica Wouter Veenendal, investigador del Instituto para los Estudios del Sudeste Asiático y Caribe de la Universidad de Leiden (KIVTL). Según Wouter, quien ha llevado a cabo un estudio acerca de la percepción de los isleños sobre los Países Bajos, a través de una encuesta general en Bonaire, Saba y San Eustaquio (Islas BES): “la sensación es de que el cambio ha sido a peor. Aunque la gente de Saba y de Bonaire votó por tener lazos directos con los Países Bajos, nadie sabía lo que significaba realmente esta dependencia. Y lo es todo, porque la administración de las islas está directamente gestionada por Holanda y bajo la legislación holandesa. Sólo los asuntos locales son gestionados por las autoridades de la isla. Es una dependencia mucho mayor que la que tenían cuando eran las Antillas”. Si bien en Bonaire, la gente se siente más vinculada a los Países Bajos que en las otras dos islas, dos terceras partes votaron por independizarse en un referéndum celebrado en 2015. Mientras el debate continúa abierto y queda por saber si las islas BES se mantendrán como municipios holandeses de forma permanente, lo cierto es que el territorio neerlandés, antes de mares fríos y llanuras sin fin, cuenta hoy con las playas vírgenes de San Eustaquio, los arrecifes de Bonaire y el volcán de Saba, el pico más alto de los Países Bajos.

 

Entrevista a la alcadesa de Baarle Nassau, Marjon de Hoon–Veelenturf

«Los que vivimos en Baarle aprovechamos lo mejor de Bélgica y de Holanda»

Marjon de Hoon-Veelenturf es la máxima autoridad de Baarle Nassau, la localidad neerlandesa que, junto con Baarle Hertog, conforma un único pueblo con dos nacionalidades, algo único en el mundo y cuyo origen se remonta a la Edad Media. Cientos de miles de curiosos les visitan cada año y ellos, orgullosos de su doble identidad, saben sacarle partido hasta para comprar pañales o tabaco.

Marjon de Hoon-Veelenturf

Foto © Ayuntamiento de Baarle Nassau 2017

¿Cuáles son las ventajas de vivir en un pueblo con dos nacionalidades como el suyo?

Los habitantes de Baarle viven en un lugar con dos ayuntamientos de dos países distintos y por lo tanto pueden elegir lo mejor de cada uno. Los holandeses que vivimos aquí podemos beneficiarnos de una mayor oferta cultural gracias a los subsidios belgas para la formación musical, bibliotecas y propuestas artísticas. La gasolina y el tabaco también son más baratos en la parte belga que en la holandesa. Y los habitantes belgas se benefician de la parte holandesa en las medicinas, la alimentación y cosas como los pañales que son más baratas que en Bélgica.

¿Cómo gestionan las infraestructuras de, por ejemplo, la electricidad o el transporte?

Cada ayuntamiento gestiona sus propios servicios pero allá donde podemos trabajar juntos los hacemos. Por ejemplo, en las calles por las que cruza la frontera, si hay que podar un árbol, ese servicio lo hacemos juntos. Como en el centro es donde se encuentra la mayor parte de la parte holandesa, los belgas que viven allí (en Baarle Hertog) reciben el suministro de agua y gas de Holanda. En cuanto al transporte público, cada uno tenemos nuestra empresa pero los habitantes pueden usar ambas indistintamente. Quizás el ejemplo más bonito de trabajo común es el del cuerpo de bomberos de Baarle. Tenemos uno solo compuesto tanto por bomberos holandeses como belgas y trabaja en las dos partes del pueblo.

Internet está lleno de anécdotas como la de que las tiendas tienen horarios de apertura distintas o que los restaurantes deben respetar legislaciones distintas ¿qué hay de verdad en esto?

Casi todo es cierto. Un ejemplo es la edad permitida para consumir alcohol. Como en Holanda es a partir de los 18 y en Bélgica de los 16, el café de Baarle Nassau no puede vender alcohol a jóvenes que el de unos metros más lejos, por estar en Baarle Hertog sí puede. Y la regla «según la puerta de entrada” es la que determina el lugar de domicilio de los residentes. Tenemos una vivienda en la que la frontera pasa por la puerta de entrada y sus propietarios pueden elegir el país en el que desean inscribir a sus hijos cuando nacen.

Esta situación tan excepcional de enclaves por doquier existe en Baarle desde el siglo XII ¿Por qué no se ha normalizado el mapa del pueblo en la historia reciente?

En ninguna otra parte del mundo existen partes de territorio de dos países que se entrelazan como aquí. En total tenemos 22 enclaves belgas dentro de los cuales hay ocho enclaves neerlandeses. Durante siglos la situación se ha mantenido porque cada vez que unos intentaban cambiarla otros objetaban lo contario. Y ahora se ha convertido en un reclamo turístico y en 2016 recibimos alrededor de 200.000 turistas de 50 países. Estamos muy orgullosos del carácter tan único de nuestro pueblo. La gestión diaria de un lugar así plantea muchos retos sobre todo para ser eficientes y reducir costes. Pero al ser dos ayuntamientos pequeños estamos muy unidos y aprovechamos las posibilidades que la jurisdicción del Benelux nos brinda en muchos aspectos. Y además de atraer al turismo, queremos servir de experimento para que se puedan realizar proyectos piloto que impliquen a los dos países y cuyos resultados puedan extenderse a toda la región. Nuestra cultura no es igual, nuestras leyes tampoco pero queremos y tenemos el deber de entendernos para sacar lo mejor de esta situación tan excepcional.