Entrevista a la filósofa Marli Huijer

“El individuo está más perdido que antes porque la disciplina ya no viene de arriba: cada uno debe aprender a poner orden en su vida por sí solo”

Marli Huijer es catedrática de Filosofía Pública en la Universidad Erasmus de Róterdam. Además, hasta 2017 y durante dos años fue elegida por sus compañeros de profesión para ser la “Denker des Vaderlands” o “pensadora de los Países Bajos”, un rol con el que se pretende llamar la atención sobre la importancia de la filosofía y del debate público. Muy crítica con la deriva del estado del bienestar y con la falta de una respuesta fuerte por parte de las instituciones, Huijer considera que el “todo vale” de la sociedad actual deja al individuo desasistido, y como respuesta, muchos buscan cobijo en la figura protectora de un líder populista. De política, disciplina y ritmo vital charlamos con la filósofa del momento una tarde luminosa en su casa de Ámsterdam.

En la actualidad, mientras la humanidad parece amenazada por el cambio climático, el terrorismo o la supremacía de la inteligencia artificial, vivimos uno de los períodos de mayor prosperidad a nivel mundial en cuanto a la reducción de la violencia y a la defensa de los derechos humanos y las libertades individuales. ¿Cómo explicaría nuestro presente?

Desde la Segunda Guerra Mundial, podemos decir que en Europa se ha ido construyendo mucho y se ha luchado fuertemente en favor de la democracia. No olvidemos que países como España y Portugal vivían una dictadura hasta pasados los años setenta. Para todos estaba claro que defender la democracia era algo esencial. Y a partir de los años ochenta, sobre todo en los países del norte y oeste del continente, los Gobiernos democráticos dieron lugar a un estado del bienestar sin precedentes y la calidad de vida de la población creció enormemente. Hasta hoy. Actualmente, parece que como a la sociedad le va bien, ha olvidado que los problemas siguen existiendo y es menos consciente de la importancia de la democracia. Los ciudadanos, en su sociedad del bienestar, ya no parecen necesitar a un Estado que les proteja y el mercado es el que se encarga de regularlo todo. Al mismo tiempo, a nivel mundial, la globalización y la prosperidad de un número cada vez mayor de personas está acrecentando la amenaza del cambio climático. Y a esto se añade que independientemente del lugar en el que vivan, los europeos ya no tenemos la seguridad laboral de antes ni las garantías de poder contar con una vivienda o un buen sistema de salud. Ese dejar hacer de los Gobiernos en cuestiones tan fundamentales como la salud provoca una incertidumbre en la población que crece todavía más cuando aparecen amenazas de fuera, como la inmigración o el calentamiento global. En respuesta a esto, la gente busca refugio en un líder aparentemente fuerte, protector, que asegura que todo volverá a ser como antes. Y así resurge el populismo y decrece la confianza en la democracia.

¿Cómo filósofa, le preocupa a usted esta situación?

En cierto modo sí, porque el filósofo lo que quiere es un sistema fuerte y bien equipado, como el democrático, que ofrezca las herramientas necesarias para que las personas sean independientes y puedan pensar y expresarse libremente.

Marli Huijer durante la entrevista en su casa en Ámsterdam. Foto: Alicia

La aparición de nuevos partidos políticos en Europa, el pluripartidismo en general, ¿no debería considerarse como algo positivo para la libertad de pensamiento?

En Holanda tenemos una larga historia de pluripartidismo y de asociacionismo, con una cultura del debate bien enraizada, donde lo que cada uno dice se chequea y se equilibra con lo que dice y piensa el resto. Este sistema funcionaba muy bien hasta ahora porque el número de partidos era suficiente para dar a cada uno el apoyo necesario para formar un Gobierno de coalición relativamente estable. Pero actualmente el centro está perdiendo apoyo, los dos o tres partidos que antes obtenían un mayor número de votos ya no pueden gobernar solos porque la ciudadanía ha votado a opciones muy diferentes. Como resultado los gobiernos que se forman no tienen un programa claro, es un zig zag constante de negociaciones con unos y otros que hacen que los ciudadanos estemos todavía más perdidos en lo que esperamos de nuestro Gobierno. Por no decir que muchos líderes no son políticos de carrera, como vemos en Ucrania o en Estados Unidos, y las instituciones, fundamentales para el buen hacer de la democracia, empiezan a cuestionarse. No hay que olvidar que el principio de solidaridad es la base de un sistema democrático: proteger la vida y los derechos de las minorías vulnerables, y no solamente mejorar la vida de la mayoría, como muchos creen. En este sentido un político que ha aprendido de sus antecesores este principio fundamental y que tiene experiencia en distintos niveles institucionales está más preparado para liderar un Gobierno que el que viene de fuera.

Como Denker des Vaderlands, usted hizo mucho hincapié en la prensa holandesa en la necesidad de fomentar el debate entre personas de distintos contextos sociales y culturales, por ejemplo para tratar asuntos como el de Zwarte Piet. Un sistema educativo como el holandés, que se ramifica en la secundaria y donde los chavales estudian en niveles diferentes según sus capacidades, ¿no es una cortapisa para alcanzar este objetivo?

En nuestro sistema educativo, a los 12 años los niños se van a una de las cuatro opciones distintas de educación secundaria, separándose unos de otros. Es una pena que a una edad tan temprana se les divida según sus capacidades, porque en mi opinión esta separación acaba siendo también social y de clase. Y antes, ya vemos una segregación parecida en los colegios de primaria por la religión: los musulmanes van a la escuela islámica, los protestantes a la protestante, los católicos a la católica ...Como filósofa no me parece bien porque un sistema así previene que jóvenes de distintos contextos culturales y sociales se encuentren, pero por otro lado debo admitir que en algunos casos lo entiendo. Por ejemplo, no me sorprendería que los estudiantes de la escuela islámica rindan mejor y tengan mejores notas que los musulmanes de las escueles públicas en Holanda, y que un colegio específico para ellos les permita llegar más lejos en su educación. Pero en general debo decir que no me gusta: si queremos una sociedad en la que convivan distintas religiones, distintas etnias y culturas, para construir “ciudadanía” es necesario que existan oportunidades para conocer al otro, al que no es como uno mismo. En este sentido, trabajo en una iniciativa en Ámsterdam en la que organizamos un festival sobre teatro y filosofía para niños y jóvenes e invitamos a colegios de toda la ciudad a participar. Me encanta hacerlo porque me parece fundamental que adultos y niños de distintos contextos se conozcan y, sobre todo, debatan y piensen juntos. Así lograremos prevenir que la polarización vaya a más en Holanda o que un grupo religioso se imponga al resto, logrando una sociedad más inclusiva.

¿Qué lugar ocupa la filosofía en la educación en Holanda?

Ocupa un lugar relativamente pequeño: en secundaria es una asignatura optativa, desde hace un par de décadas. Y algunos colegios la dan en primaria. Pero eso es todo. Espero que vaya a más, que llegue a formar parte del currículum nacional de la educación primaria porque es muy necesaria. Porque al no tener una autoridad, sea un Estado o la Iglesia, que nos dicta cómo tenemos que convivir, los ciudadanos, juntos, tenemos que ser capaces de dar respuesta y soluciones a problemas complejos. Para ello, la filosofía es un instrumento fundamental, sobre todo para entender que hay otros que piensan diferente y para evitar caer en los estereotipos. Aprendiendo a pensar de manera conjunta, debatiendo, se pueden alcanzar acuerdos que permitan la convivencia.

¿Podría mencionar otros ámbitos que favorecen el desarrollo del pensamiento crítico?

La cultura, sin duda. Y en este sentido tengo que decir que las subvenciones culturales, educativas y sociales suelen destacar en sus convocatorias la importancia de la inclusión social. Este control, o chequeo, que hacen las instituciones públicas y privadas para estimular la diversidad, me parece esencial. Y no existe en el “crowdfunding”, otra manera de lograr financiación que se basa, sólo, en que al que te da dinero le parezca chulo lo que quieres desarrollar. Soy una firme defensora de las instituciones porque creo que la otra manera de hacer cultura, con la financiación online, perpetúa el que la gente siga viviendo en su propia burbuja, apoyando aquello que les parece bien sin mirar más allá.

¿Cree entonces que internet, las redes sociales, no favorecen la cohesión social?

Así es. Se nos ha vendido que las redes sociales traerían una nueva forma de democracia online pero ahí tienes a miles de seguidores en Twitter que se dan de baja porque no aguantan los comentarios agresivos de los que defienden ideas extremas sin ver más allá de su pequeño círculo y que desafortunadamente son los que más atención reciben. La idea de que la comunicación online acabaría sustituyendo a las relaciones personales offline me parece un sinsentido. Yo por mi trabajo no paro de ver cómo mucha gente acude a los debates y actos que organizamos con la necesidad de hablar con los demás, de relacionarse cara a cara. Y es en esos encuentros en los que se abordan preguntas sobre la vida que en las redes no se pueden tratar igual, en absoluto. Cuando daba clases en una escuela de La Haya tenía que pedir a los alumnos que dejaran sus teléfonos fuera del aula, porque sólo sin ellos lograba que se pusieran a charlar. Y también he dado clase en un centro de formación de nuevas tecnologías y me sorprendió mucho ver lo poco críticos que son los alumnos con los efectos que tienen en la sociedad estos avances en los que ellos trabajarán en el futuro. Les decía que ellos están creando el mundo del futuro, que su aportación tiene un efecto en cómo será la vida el día de mañana...y me miraban extrañados.

En su libro “Discipline” usted describe cómo las personas tenemos que desarrollar una autodisciplina porque fuera ya no existen las estructuras que antes nos la marcaban, como la Iglesia, la familia en el sentido amplio o una empresa en la que uno tenía el trabajo asegurado para el resto de su vida. ¿Cómo podemos vivir mejor en una vida tan flexible como la actual?

Cada uno tenemos que buscar la manera de construir nuestra propia red social. Ahora que muchos profesionales deciden trabajar de forma autónoma, les irá mejor si buscan un espacio en el que trabajar con otros profesionales (co-working), y si se autoimponen un horario de trabajo quizás junto con otros socios para cubrirse mutuamente. No hay duda de que hacer esto lleva mucho esfuerzo y tiempo pero es importante saber que lo que antes hacía un Gobierno o una gran empresa por nosotros, como permitirnos una baja laboral por enfermedad, ahora nos toca organizarlo por nuestra cuenta. Y hay que hacerlo. Pero el individuo, por sí solo, no puede hacerlo todo, necesita de los demás para darle sentido a su vida y para ser libre. Por eso es esencial que mantengamos las relaciones con los otros incluso para asegurar nuestra disciplina diaria.

Varios de los títulos publicados por Marli Huijer, entre ellos "Disciplina, sobrevivir en la sobreabundancia". Foto: Alicia Fernández Solla

En esta disciplina diaria usted habla de lo importante que es mantener un ritmo vital, ¿a qué se refiere?

Yo he nacido en Ámsterdam, y por mucho que quiera ser igual que alguien que ha nacido en Barcelona, es imposible porque nuestras vivencias han sido muy distintas: desde la calle en la que crecido, el colegio al que he ido hasta el ritmo que ha tenido mi vida. Una persona que ha vivido en Marrakech hasta sus 25 años tiene, seguro, una rutina diaria totalmente distinta a la mía. Y aunque esto se ha podido flexibilizar un poco, lo cierto es que el ritmo de vida holandés está muy claro: aquí se trabaja de nueve a cinco, incluso si se hace por cuenta propia, y se cena entre las seis y las siete y media, incluso si hay algunos restaurantes en las ciudades que puedan dar de cenar hasta más tarde. Por mucho que uno crea que tiene la libertad para establecer su propio ritmo vital, es la cultura que nos rodea la que lo marca. El reparto de las horas del día está mucho más definido de lo que creemos y eso lo saben muy bien los medios de comunicación y las compañías energéticas, que ponen sus tarifas y sus programas de acuerdo a estos ritmos. La convivencia entre individuos no es más que la manera en la que ordenamos nuestro tiempo. Sin este orden, a todos los niveles, la sociedad no funcionaría: las familias necesitan un ordenamiento parecido de su tiempo, las instancias educativas, los hospitales, todo, hasta el calendario, es una forma de disciplina. Los tiempos van cambiando y nuevos elementos entran a formar parte de nuestras vidas, como las nuevas tecnologías, que hacen que ordenemos las horas de otra manera. Pero la necesidad de hacerlo, de darle un ritmo a nuestra vida, prevalece. Eso no cambia.

Su libro se subtitula “sobrevivir en un mundo de sobreabundancia” ¿Cómo lo hace usted, cuáles son sus herramientas?

La disciplina ya no viene de arriba, cada vez es más necesario que nos impongamos a nosotros mismos nuestras normas. Nuestro ejemplo a seguir es el deportista de élite. Pero este deportista no ha logrado alcanzar ese grado de autodisciplina sólo: viene de cuando era pequeño y sus padres y el entorno se lo transmitieron. Mucha gente no ha tenido ese entorno sobre el cual construir su autodisciplina y se encuentra perdida en un mundo de sobreabundancia. En lugar de culparse de lo desastroso que uno es, de lo que incapaz que uno es, lo que yo propongo es organizar nuestro entorno para que sea el mundo que nos rodea el que nos haga disciplinados. Ir con amigos al gimnasio, para que ellos nos animen y no faltemos; pedirle a un colega del trabajo que se siente con nosotros una hora a la semana para hacer juntos la tarea que odiamos hacer y que a él le gusta; descargarse aplicaciones que nos recuerden lo que siempre olvidamos y organizar nuestra casa para que nos ayude a poner orden en nuestra vida. Una sugerencia muy simple en este sentido: si eres de los que tarda en irse a la cama y al día siguiente se arrepiente de no haber dormido más, ajusta el temporizador de la calefacción para que se apague o se baje a partir de las once, y así, con un poco de frío, te irás a la cama.

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