Diez grandes museos en ciudades pequeñas

En pleno invierno, ir de museos es un plan ineludible en los Países Bajos. Y es que el país lo pone fácil, con sus 800 repartidos por toda la geografía nacional. Este número es el que establece el Centro Nacional de Estadística , tomando como parámetros el que dispongan de una colección permanente, página web y estructura administrativa, tres condiciones que reducen un tercio el número estimado de museos en Holanda, el cual podría rondar los 1.200. Mantenidos gracias sobre todo a la labor de voluntarios, muchos de ellos se encuentran en pequeñas ciudades y pueblos donde uno no recalaría si no fuera por este reclamo. Desde colecciones de arte de todo tipo, de excéntricos millonarios o de movimientos pictóricos que marcaron una época, hasta de divulgación científica, sobre la formación de la Tierra y el cuerpo humano así como la Historia de los Países Bajos, la oferta es casi inabarcable. Los diez que proponemos a continuación cuentan con un prestigio equivalente al de los grandes museos de Ámsterdam, La Haya o Róterdam pero sin colas, y su culto al diseño y al arte holandés se palpa en cada rincón, combinando la tradición de edificios históricos con la arquitectura más vanguardista.

En la pequeña ciudad frisia de Franeker, de apenas 10.000 habitantes, se encuentra una típica casa holandesa coronada por la palabra “Planetarium”. Se trata de la vivienda del que pudo ser uno de los primeros científicos que combatió las llamadas fake news: lo hizo en 1781 y desde el salón de su casa. Eise Eisinga fue un astrónomo aficionado quien en el techo de su habitación principal diseñó y construyó el que hoy es el planetario más antiguo del mundo en funcionamiento. Lo hizo para combatir el bulo que corría entre la población de que el alineamiento de los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y la Luna, del 8 de mayo de 1774 provocaría que la Tierra se viese expulsada de su órbita y quemada por el Sol. Tardó siete años en demostrar la falsedad y su prueba es hoy una joya que asombra a adultos y niños, en perfecto estado de conservación. Junto a la visita de la famosa sala, el museo ofrece un recorrido didáctico por la historia de la Astronomía, todo ello en el entorno único de una casa con más de dos siglos de antigüedad, cuyo mobiliario original todavía permanece.

Sala principal del Planetario de Eisinga. Foto: Eisinga Planetarium

No muy lejos de aquí, y tras cruzar la imponente autovía construida sobre el mar, en el dique Afsluitdijk que cierra el Ijsselmeer, se encuentra la localidad de Den Helder. Conocida por ser el puerto principal del que parten los ferries hacia las islas frisias, es también el centro de la armada neerlandesa y sede del Museo Nacional de la Marina. Nadie se quedará indiferente ante la primera vista de este museo: un imponente submarino de guerra da la bienvenida desde la superficie, junto a varios almacenes centenarios que antes se destinaron a la construcción y reparación de los buques. Durante la visita se puede experimentar cómo era la vida dentro del submarino, así como conocer otros tres grandes navíos holandeses, todo ello enfocado sobre todo a los niños. Este mismo afán divulgador se desprende del museo Zuiderzee de Enkhuizen, a menos de una hora de distancia de Den Helder y en pleno corazón del Ijsselmeer.

Panorámica del museo naval de Holanda, en Den Helder. Foto: Digi Daan

El lago ganado al mar que Holanda creó en 1932 (Zuiderzee) cambió por completo la idiosincrasia de esta región y de su gente, la mayoría pescadores que tuvieron que adaptarse a vivir, casi de repente, en pueblos bañados por agua dulce. Sobre esta obra de ingeniería y sobre las férreas costumbres religiosas de los ciudadanos de lugares como Urk o Enkhuizen se puede aprender de manera muy didáctica y amena en este museo regional, ubicado en una ciudad de gran riqueza histórica ya que fue, junto a Hoorn, uno de los principales puertos de entrada y salida de mercancías durante el Siglo de Oro holandés. Un buen momento para visitar el museo puede ser durante las vacaciones navideñas: entre el 21 de diciembre y el 5 de enero tiene lugar la representación de una leyenda local, “Zuiderzeelicht”, con proyecciones y teatro a la luz de las velas.

Vídeo sobre la exposición actual en el Zuiderzee museum. © Madelon Dielen.

Del cuerpo humano, la Tierra y el cielo

Ese ser con tendencia a quedarse calvo, como decía Mecano, puede descubrirse, en grandes proporciones, en la pequeña localidad de Oegstgeest, cerca de Leiden. Casi saludando a los que circulan por la A44, el monumental hombre de bronce del museo Corpus alberga en su interior lo que sus creadores denominan “un viaje por el ser humano”: 55 minutos en los que niños mayores de seis años pueden conocer el funcionamiento del cuerpo humano de forma interactiva y entender las ventajas de llevar una vida saludable y activa. Con un precio más alto del que suele habitual para estos museos en Holanda (16,25 euros por niño y sin Museumkaart), la experiencia merece la pena ya que, además, el tour puede escucharse también en castellano. El museo fue fundado por el periodista, presentador de televisión y personaje público de origen indonesio Henri Remmers, también responsable del museo de Historia al aire libre Archeon.

Para los que se decanten por la ciencia que estudia el suelo que pisamos, el museo Geofort es, sin duda, una gran elección. Se encuentra en un antiguo fuerte de la llamada Nueva Línea Defensiva, un conjunto de construcciones de finales del siglo XIX destinadas a defender el territorio de posibles invasiones a base de inundar la zona, lo suficiente como para que un ejército de infantería no pudiera atravesarla. Entre los 46 fuertes que se construyeron, este, situado entre Utrecht y Den Bosch, se ha convertido en uno de los museos de divulgación para niños más popular de Holanda desde que en 2016 ganara el premio al mejor museo para niños del mundo. Sus actividades explican desde aspectos de la vulcanología, hasta la topografía o la tecnología GPS y el Big Data. Laberintos al aire libre; experimentos con arenas que explosionan; enigmas que encierran mensajes encriptados… los barracones de este fuerte se han transformado para ofrecer una experiencia diferente y entretenida con la que conocer más sobre la Tierra.

Más al norte del país, la ciudad de Lelystad alberga el museo que rinde homenaje a los altos vuelos, Aviodrome. Si los medios de transporte siempre han sido la pasión de cualquier niño, el avión es probablemente, de todos ellos, el que permite hacer volar la imaginación más lejos, con historias de gestas sobre las nubes, aterrizajes imposibles y héroes nacionales de guerras pasadas. Así son los relatos en torno a los cien aviones que pueden visitarse en estos hangares de las afueras de la ciudad, donde ocupa un lugar protagonista la compañía aérea KLM. Los niños disfrutarán pilotando en un falso simulador de vuelo, conociendo las tripas de un Boeing 747 o sintiendo que vuelan durante una peligrosa aventura en una película en 4D.

Foto: Aviodrome

Cuatro grandes citas con el arte holandés

A nadie se le escapan grandes nombres como Rembrandt o Mondriaan, pero junto a ellos, cientos de artistas holandeses formaron parte de movimientos pictóricos que revolucionaron el mundo del arte a nivel mundial. Si nos centramos en el siglo XX, dos museos permiten conocer la evolución del arte en los Países Bajos a través de dos grupos de artistas que hicieron Historia: los de la llamada escuela de Bergen, a comienzos de siglo, y el grupo Cobra, de la posguerra. Este último fue el primer grupo multidisciplinar de artistas que se formó después de la Segunda Guerra Mundial, y su nombre responde a las primeras letras de Copenague, Bruselas y Ámsterdam: las ciudades de las que procedían sus fundadores, entre ellos el conocido artista holandés Karel Appel. Surrealista, irreverente, el movimiento Cobra logró reunir a cientos de artistas durante décadas y se caracterizó por su ruptura de las normas establecidas, tal y como se deja ver en cada rincón del museo dedicado a él en Amstelveen. El amplio museo es toda una sorpresa en una ciudad que no tiene atractivo turístico alguno, y su café al aire libre o sus exposiciones temporales son un reclamo adicional a su completa colección permanente.

Retrociendo unas décadas, al período de entre guerras, la colonia de artistas más conocida de aquella época se encontraba en el pequeño pueblo de Bergen, entre las dunas, el bosque y el mar, a casi una hora al norte de Ámsterdam. Es en este apacible lugar de la costa del Mar del Norte donde decenas de hombres y mujeres artistas encontraron el retiro perfecto para inspirarse y fundar un movimiento pictórico a medio camino entre el expresionismo y el cubismo. Sus obras forman parte de la colección permanente del museo Kranenburgh, situado en una casa señorial muy cercana a la colonia, rodeada de amplios jardines donde también puede visitarse una colección de esculturas al aire libre.

De estos dos grupos atísticos apenas hace referencia otro museo escondido en un pequeño pueblo del Achterhoek, el área comprendida entre Arnhem, Deventer y la frontera alemana. Hablamos de MORE, el museo de arte realista de Holanda, fundado por uno de los hombres más ricos de Holanda, el polémico empresario de la industria química Hans Melchers. Enclavado en el antiguo ayuntamiento de Gorssel y de arquitectura vanguardista en su interior, el museo cuenta con la mayor colección de pintura holandesa realista del siglo XX y actual. Cuenta con una segunda sede en el castillo Ruurlo (Berkelland) dedicada enteramente a la obra del artista amsterdamés Albert Carel Willink, considerado el referente más importante de Holanda de realismo mágico.

Y para cerrar el capítulo de pintura holandesa nada mejor que hacerlo con la pinacoteca más antigua del país, que no es el Rijksmuseum sino el Dordrechtsmuseum. Fundada en 1842, atesora obras de arte holandés desde el siglo XVI hasta nuestros días. En sus salas, nombres como Vincent van Gogh o Rembrandt se intercalan con otros menos conocidos para los de fuera de Holanda como Ferdinand Bol, Ary Scheffer, Jan Schoonoven y Armando. De grandes proporciones, sus íntimas salas recuerdan a los museos de hace décadas, con su suelo de madera y las paredes cargadas de obras. Hasta donde llegue la vista. Porque para esto están estos museos escondidos por la geografía holandesa, sin colas ni hordas de gente: para contemplar cada obra sin prisa, clavando la mirada arriba y abajo, tranquilamente y casi en silencio, mientras los pies aguanten.

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