De la sorpresa a la cotidianeidad

Cuando se concretó nuestra inminente llegada a Países Bajos, mi pareja y yo comenzamos a investigar, queríamos saber con qué nos íbamos a encontrar, dónde íbamos a vivir, veníamos de tan lejos…
De aquí sabíamos lo básico, lo que muestran en los programas televisivos de viajes y lo estudiado en alguna clase de geografía. Habíamos escuchado hablar de la gran cantidad de bicicletas, pero aún así nos sorprendió la capacidad de liderazgo y poder que ejercen en el tráfico, siendo las mandamases, las reinas, el transporte público por excelencia elegido por los habitantes. Estábamos al tanto de la existencia del Barrio Rojo, de la prostitución legal, de los Coffee Shop, del consumo de marihuana. Habíamos visto los tulipanes, los canales y los molinos en fotos, sabíamos que son los símbolos nacionales del reinado, pero al verlos en vivo nos enamoramos.

Comenzamos a leer cada día acerca del país al que nos íbamos a mudar, y fue mucho lo que investigamos, mayormente de Ámsterdam, la ciudad en la que en principio íbamos a vivir. Ahora estamos en Diemen, a veinticinco minutos del ruido de la capital y créanme que es más tranquilo.
La primera gran sorpresa nos la dio Wikipedia, donde descubrimos que la población y el tamaño de Ámsterdam es muy similar a Montevideo: 200 kilómetros cuadrados y un millón de habitantes, números más, números menos. Y la primera gran diferencia nos la llevamos cuando conocimos el transporte público. En Uruguay contamos únicamente con omnibuses, un tren, taxis y ubers, mientras que aquí podemos elegir entre tranvías, metros, buses, intercities, sprinters, ferris, además de los taxis y ubers. Si bien el costo del transporte aquí es más elevado que en mi país, podemos viajar más cómodos y eso lo compensa.

Pero nada nos sorprendió más que la multiculturalidad étnica, racial, religiosa e idiomática, que primero leímos y luego comprobamos al llegar, porque hablar de Ámsterdam, es hablar de diversidad. Según estudios realizados en 2015, en la capital neerlandesa conviven 180 nacionalidades. ¡Y vaya si se nota!
La población que uno podría llamar “típicamente holandesa”, rubia, de ojos claros, alta y esbelta, neerlandesa hablante, se pierde y entre mezcla con los oriundos de rasgos muy diferentes y los turistas de todo el mundo que viven y pasean por la ciudad.
El colorido étnico y racial es sorprendente: por momentos uno duda en qué ciudad del mundo se encuentra. Pero basta con observar los canales y la gran cantidad de flores para recordar.

Fue difícil al principio lidiar con los dolores de cabeza que pueden llegar a provocar el bullicio ensordecedor de los distintos idiomas – a veces un tanto desquiciante – sobre todo para los curiosos como yo que queremos entenderlo todo. Uno intenta saber qué sucede a su alrededor, familiarizarse con un idioma, pero es imposible, la mezcla de los mismos es tanta, que no hay paracetamol que combata las jaquecas al intentarlo.

Idiomas como el turco, árabe, chino, japonés, hindú, español, inglés y por supuesto neerlandés, pueden convivir en un mismo metro y no creo que ni el políglota más capaz logre comprenderlos a todos a la misma vez.

La gran ventaja la tienen los inmigrantes que dominan la lengua inglesa. Los holandeses y sobre todo, los capitalinos, lo hablan muy fluido y correcto, haciendo un cambio de chip increíble en su cerebro al cambiar de idioma. Incluso en las tiendas de Ámsterdam es muy frecuente que utilicen el inglés antes que el neerlandés. Aún así, considero que aprender la lengua nativa del país demuestra un grado de compromiso mayor con la tierra en la que uno vive.

En cuanto a mí, hoy en día, un año y medio después de haber llegado, intento descifrar las conversaciones en neerlandés (de a poco, voy interiorizándolo y aprendiendo por medio de los cursos). Confieso que a veces es frustrante no entender, les pediría que hablen más lento, pero entonces recuerdo que la charla no es conmigo ¡y no digo nada! Al principio incluso, me costaba diferenciar el inglés del neerlandés, sobre todo por teléfono, y cuando les pedía amablemente si me podían repetir el mensaje en inglés, era frustrante oír: “I am speaking in English, Miss Garay”.

Realmente no sé cómo hacen, a mi cerebro le cuesta muchísimo, pero en cambio ellos tienen la capacidad de cambiar de lengua instantáneamente. Tengo días en que en las tiendas saludo en neerlandés, hago el pedido mitad en holandés y mitad en inglés, agradezco en español y me despido en croata. Qué entrevero, ¿no?
Acostumbrada a mí español rioplatense y a una población capitalina bastante homogénea descendiente de italianos, españoles y afros, encontrarme aquí con gente tan diversa, tan distinta entre sí, donde no parece haber patrones de vestimenta, ni de cortes de cabello y donde incluso, puede haber gente que dentro de un mismo estado del tiempo se abrigue mucho y otra que no tanto, a mí me generaba desconcierto al principio. Me preguntaba cómo podían convivir tan bien, cuál era la fórmula.

Aún no tengo respuestas, simplemente continuó admirando y aprendiendo. Quizá la cultura holandesa sea más tolerante con la diferencia, más empática. Quizás se guarden para sí su descontento con los extranjeros, no lo sé. Pero lo que sí es un hecho es que en el cotidiano vivir, por lo general, reina la paz.

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