Entrevista a Chantal Engelen, co-fundadora de Kromkommer

“Tiramos casi la mitad de la verdura que producimos y mucha, por no tener la forma perfecta: nosotros luchamos contra eso”

Chantal Engelen es empresaria y activista. Con sus sopas Kromkommer le planta cara al gigante de la industria alimentaria con una pregunta muy necesaria, ¿y si tiráramos menos comida? Zanahorias deformes, calabacines rallados o tomates sobrantes son los ingredientes que utiliza para su producto, y con él, lanza un aviso a todos los que disfrutan de una buena crema de verduras: no sólo las que tienen buena pinta son saludables y ricas, las desechadas pueden tener una segunda vida. Gaceta Holandesa se reúne con ella en las oficinas de coworking Social Impact Factory de Utrecht, donde jóvenes emprendedores se empeñan en mejorar el mundo con sus propuestas sostenibles. Una historia aparentemente de cuento pero arriesgada, que nació a partir de una visita al mercado del barrio.  

¿De qué están hechas vuestras sopas?

Nuestra verdura son restos, el sobrante que los productores descartan para sus clientes. Eso es lo que nosotros les compramos. Nos quedamos con el excedente que otros no quieren, siempre que sigan siendo verduras frescas, sanas y ricas: los tomates que se han quedado en stock porque la cosecha ha sido demasiado abundante o las verduras que llaman de segunda clase, que tienen alguna tara en su forma y no se ven perfectas para venderlas en el supermercado. En definitiva, las que de otra manera se tirarían a la basura, a pesar de estar en perfecto estado para ser consumidas. Y como consideramos estas verduras tan buenas como las otras, a los productores les pagamos un precio justo.

¿Es por esto por lo que vuestras sopas cuestan más del doble que una normal de supermercado?

El coste de la materia prima no es precisamente el más alto en nuestro caso. El principal motivo de que sean caras tiene que ver con el volumen que producimos: las sopas las elaboramos en una fábrica al sur de Holanda que nos cobra lo mismo produzcamos mucho o poco. Y el segundo motivo es que no utilizamos conservantes y todo lo que añadimos a la sopa son ingredientes naturales que resultan más caros. Pero al hablar de esto, quizás la pregunta que habría que hacerse es ¿cuál es el precio real de una buena sopa? Porque en mi opinión, las nuestras no son caras sino que las otras son demasiado baratas. Es todo una cuestión de percepción.

He intentado comprar sus sopas por internet pero no es tan fácil como ir a un supermercado y comprar cualquier otra. La tentación es demasiado grande…¿por qué no venden su producto en los supermercados generalistas?

En primer lugar para nosotros es muy difícil estar en un supermercado por las especificidades de nuestro producto. Nosotros trabajamos con verduras de temporada: ahora tenemos mucha calabaza y estamos vendiendo la sopa de calabaza, pero dentro de unos meses, esta no podremos ofrecerla y será otra. Que la disponibilidad de nuestras sopas varíe tanto es algo que un súper normal no va a aceptar. Lo que nos funciona muy bien es el sector hostelero. Vendemos a restaurantes y cantinas donde la gente prueba nuestra sopa y luego conoce nuestra historia. Ese es para nosotros un mercado mucho mayor y más atractivo. Y en cuanto a los supermercados generalistas, no estar ahí también ha sido elección nuestra, porque preferimos vender a través de las tiendas que encajan con nuestra visión, que son más flexibles respecto del precio y de la disponibilidad del producto.

 

A la izquierda, otros productos además de la sopa que Kromkommer fabrica con sus verduras deformes. Arriba, sopa de calabaza de la marca lista para comer. © Alicia Fernández Solla

Si parte de su misión es sensibilizar a la gente acerca de la comida que consume, en estas tiendas de productos sostenibles ya tienen el trabajo hecho, ¿cómo logran llegar a un público mayor?

Precisamente a través de las cantinas de la oficinas y de restaurantes donde la gente va a comer a menudo. Esperamos que si toman nuestra sopa a diario y les gusta, después se interesen por la historia que hay detrás. No tengo la cifra exacta, pero calculo que contamos con cientos de miles de consumidores que nos compran habitualmente. Y me gustaría aclarar que nosotros no trabajamos con tiendas de productos ecológicos porque nuestras verduras no lo son. Están cultivadas aquí en Holanda, pero proceden de productores estándar.

De su historia, ¿con qué éxitos se queda y que falta todavía por conseguir?

Estamos contentos porque hemos logrado que se hable de este problema y que mucha gente nos apoye porque considera que no se debe desperdiciar toda esta comida. Pero la situación en sí no ha cambiado, porque todavía no tenemos el impacto necesario para transformar el modelo de producción y hacer que más gente se sume. Ahora estamos trabajando en una nueva idea de fabricar frutas y verduras de juguete con formas muy locas, para que los niños puedan jugar con ellas y no sólo con las que tienen la forma perfecta de una zanahoria o un pimiento.

Cuéntenos el problema.

La gente tira el equivalente a 150 euros de comida al año. Casi la mitad del total de la producción agrícola no llega al consumidor por algún motivo y 20 por ciento del agua que se usa para regar se desperdicia, porque el fruto no se consume. Es incomprensible. Es un problema mucho mayor que el simple hecho de tirar una manzana a la basura. Muchos de los condicionantes que establece la Unión Europea en su control de calidad son sencillamente absurdos, ¿por qué tienen que tener todas las manzanas el mismo tamaño? Sólo se dirige a proteger el mercado pero desasiste a los productores y al consumidor, completamente. Y no se piensa en absoluto en el impacto que tienen unas medidas así. Los tubérculos, por ejemplo, tienen que seguir unas normas muy estrictas que son muy difíciles de controlar porque crecen bajo tierra, y por lo tanto es habitual encontrar zanahorias y patatas que se tiran porque no alcanzan la talla óptima.

¿Quién es el principal responsable de que casi la mitad de lo que se cultiva no se consuma, el supermercado o el cliente?

Los dos son responsables. Si el supermercado estuviera dispuesto a vender frutas y verduras de primera y segunda clase, explicando a la gente que no hay diferencia de calidad, estoy segura de que se venderían bien los dos. En unos supermercados ingleses hicieron la prueba de ofertar fresas de las dos clases, una junto a la otra, y fue bien. Y si el consumidor las compra una vez y ve que son igual de ricas, seguro que se anima a hacerlo de nuevo. Es cuestión de sensibilizar. Pero en Holanda, la sección de frutas y verduras es la más importante para un supermercado, donde se juegan a sus clientes: éste los pierde o los gana en función de la calidad de su fruta y de su verdura, por lo que son extremadamente cautelosos con el producto que presentan aquí. Por ejemplo, el hecho de que se vendan en plásticos tiene que ver con que, según los supermercados, los consumidores prefieren la verdura así porque, por un lado, tienen más claro lo que pagan porque el precio viene prefijado y no hace falta pesarlo, y por otro, porque dura más. Un pepino se conserva bien hasta dos semanas más si está envasado en un plástico que si no lo está.

¿Qué hacen ustedes con su excedente, con las sopas que no venden?

Evidentemente no las tiramos sino que intentamos, primero, darles salida con ofertas a nuestros clientes a través de nuestro blog y segundo, donarlo al Banco de Alimentos. Nunca nos sobra nada. Hace unas semanas anunciamos en nuestra web que teníamos stock de sopa de zanahoria y remolacha y en unos días lo vendimos todo. Pero, como cualquier otra empresa, estamos dentro del sistema y eso hace que nuestros productos deban llevar una fecha de caducidad. Eso sí, en el paquete ponemos que prueben la sopa antes de tirarla si la fecha ha vencido. 

 

​Arriba, cesta de productos de distintas marcas fabricados a partir de comida desechable. A la derecha, Chantal en un momento de la entrevista. © Alicia Fernández Solla

¿Cómo controlan la calidad de sus verduras?

Nosotros probamos toda la verdura que utilizamos. Ahora con las calabazas, por ejemplo, testamos que estén ricas ya que la diferencia de sabor entre una y otra puede ser enorme y al no añadirle aditivos a nuestra sopa, la verdura tiene que ser muy sabrosa.   

Las verduras de invernadero ¿saben menos?

Todo tiene que ver con el volumen y con el desgaste de la tierra. Si a un fruto se le da menos tiempo para crecer y madurar y por metro cuadrado hay más, el sabor de cada uno se resentirá. Y la producción en Holanda está totalmente condicionada por el volumen: está perfectamente calculado cuántos tomates se pueden producir en el invernadero antes de que estos empiecen a perder sabor. 

Viviendo en el segundo país que más productos agrícolas del mundo exporta, no debe ser fácil convencer a los productores de que hagan horas extras para seleccionar vuestras verduras…

Precisamente por la cantidad de stock que generan les convenimos. Al final es una cuestión de dinero. Nosotros les pagamos un precio muy razonable por verduras de las que no sacarían ningún beneficio si no es por nosotros. Y la contrapartida es que a ellos les supone más trabajo. En la selección, por ejemplo, tienen que tener a una persona dedicada a separarlas sólo para nosotros. El método de trabajo varía un poco y eso es algo que el productor o la fábrica debe estar dispuesto a asumir. Por eso también deben estar motivados y comprometidos con nuestra misión. Porque está claro que con nosotros no se van a hacer ricos.

¿Veremos más sopas Kromkommer por toda Holanda en un futuro?

Estamos convencidos de que la gente aquí estaría dispuesta a pagar más por una sopa como la nuestra si calara el mensaje. Porque el precio de las cosas es subjetivo: estamos dispuestos a pagar casi cuatro euros por un café de Starbucks, mucho más de lo que cuesta en otro sitio el mismo producto. Porque te venden la experiencia. Todo tiene que ver con la imagen que transmitas de algo, y el negocio de las verduras no sabe venderse bien. Nadie conoce una marca de fruta o de verdura, y al consumidor lo que le interesa es que el pimiento que compra tenga buena pinta y sea barato, el que sepa bien o no no interviene en su elección, no es tan importante. En esto hay mucho camino por recorrer. Pero de lo que no tengo duda es de que Holanda es el lugar para hacerlo: desperdiciamos mucha comida y además somos uno de los mayores productores agrícolas del mundo. No hay lugar mejor para intentar algo así. 

 

 

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