Anja Noorlander, molinera en Kinderdijk

“La vida en un molino Patrimonio de la Humanidad no es tan romántica como parece”

Anja Noorlander está reconocida por la UNESCO por partida doble. Por un lado, por ser una de las pocas molineras tradicionales que todavía quedan en Holanda, una labor que en 2017 pasó a la lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad; y por otro, por vivir en uno de los 19 molinos centenarios que salpican el Kinderdijk, una de las ocho maravillas holandesas reconocidas por esta organización. La pasión de Anja por los molinos de viento le llevó a instalarse en uno de ellos hace veinte años, y desde su hogar de aspas confiesa que es un trabajo duro y que el aumento desmedido de los turistas afecta cada vez más a su día a día. En él vive con su hija después de que este desaforado gigante se llevara la vida de su marido por delante. Pero su voz se atempera cuando menciona los privilegios de este lugar único: separado del resto del mundo por dos kilómetros inaccesibles en coche, en una casa que tiene más de 250 años de historia y en contacto directo con una naturaleza de gran belleza. Reconoce que ha encontrado su lugar en el mundo.

¿Por qué vinieron a vivir aquí?
Ni mi marido ni yo éramos molineros, no teníamos ninguna relación con este mundo. Sencillamente nos apasionaba la idea de vivir en un viejo molino. Y en 1996 surgió la oportunidad. En los molinos del otro lado del canal viven las mismas familias desde hace más de diez generaciones, muchos han nacido aquí. Pero los molinos de este lado pertenecían a otro waterschap (autoridades regionales encargadas de la gestión del agua) y estos, en los años 50, decidieron echar, y de forma violenta, a todas las familias. Así sin más. Estos son molinos que drenan el agua de un canal a otro y entonces se decidió que ya no eran útiles porque el control del agua empezó a hacerse de otra manera más tecnificada. Y todos se fueron. Después empezaron a alquilarse los molinos a familias deseosas de vivir aquí, a pesar de que no tenían agua corriente, ni luz ni calefacción. Cuando nosotros llegamos en 1996 tuvimos dos años de un frío extremo, con los canales helados y la casa sin aislar. Dentro del molino hacía muchísimo frío, teníamos que ponernos vaselina en la nariz por la mañana porque se nos helaba, las mantas se quedaban tiesas. Pero nosotros estábamos felices. Es como cuando uno se enamora de alguien. Sabes que la otra persona no es perfecta, pero no te importa. Y a la pregunta de ¿por qué lo haces? Uno responde: “no tengo ni idea”.

Ustedes trabajaban los dos fuera y además debían mantener el molino a diario. ¿Cómo se organizaban?
Durante muchos años trabajé en psiquiatría forense, un trabajo estresante, intenso, en medio de la gran ciudad, que contrastaba mucho con la tranquilidad de este lugar. Era un buen equilibrio. Pero ya entonces nos dimos cuenta de que esta vida no es tan romántica como la pintan, porque no se para de trabajar. Mi marido René se diplomó para ser molinero y además de trabajar fuera, juntos nos encargábamos del molino mientras críabamos a nuestra hija. Unos años después nos divorciamos y yo me fui a vivir a otro lugar. Pero en 2012 René murió por un accidente en el molino y decidí volver. Desde entonces soy la única mujer molinera del Kinderdijk y una de las pocas que hay en Holanda. En paralelo tengo mi trabajo en el sector sanitario, como confidente de pacientes con discapacidad, para mediar entre ellos y las organizaciones sanitarias, defendiendo sus derechos y escuchando las quejas que puedan tener.

Anja Noorlander molinera
Anja Noorlander en el salón de su casa durante la entrevista. A la derecha, exterior del molino una mañana de noviembre © Alicia Fernández Solla

Se fue y volvió, ¿es este su lugar en el mundo?
Sí, sin duda. Vine para quedarme y sé que no me moveré, aunque se ponga peor con el turismo. He viajado bastante, y he podido conocer otros lugares, vivido en otras casas muy bonitas, pero el único sitio que considero mi hogar es este. Vivir en un molino es una decisión que deben tomar las dos personas de la pareja, porque si uno viene empujado por el deseo del otro, nunca funciona. Es demasiado demandante. En nuestro caso era una pasión compartida que, además, hemos transmitido a nuestra hija. Y ella quiso quedarse a vivir aquí después de la muerte de su padre.

¿Cómo es la vida en el Kinderdijk, a la vista de los turistas?
En estos molinos vivimos sesenta personas y por aquí pasan 600.000 turistas al año. Entendemos que les guste venir, es un lugar precioso y por eso elegimos vivir aquí, pero se está yendo de las manos. En lugar de adaptar el turismo al lugar, está ocurriendo lo contrario: están construyendo un puente de cristal al comienzo del sendero que permitirá a los turistas cruzar al otro lado del canal y pasear por delante de la puerta de nuestra casa. Van a construir también cuatro o cinco edificios nuevos, un aparcamiento más grande y el cuarto molino ya no va a estar habitado, lo van a convertir en una tienda de souvenirs. Es demasiado. Cuando vinimos a vivir aquí hace veinte años, pasaba un barco al día con turistas. Hoy pasan cinco.

Por lo que cuenta, su privacidad ha empeorado en muy poco tiempo…
Ha sido en pocos años. Y va a peor. Y ahora ya no son sólo los turistas los que nos fotografian mientras pasean, también tenemos drones que sobrevuelan los molinos a diario. Antes no me hacía falta tener cortinas, ahora sí. Es como si a todas horas hubiera gente mirando, y con los drones es todavía más difícil de controlar. En fiestas como Semana Santa o en verano, hay tanta gente que mi hija y yo preferimos quedarnos en casa y no salir para nada. No invitamos a nadie, ni a amigos ni a familiares.

“La fundación Kinderdijk se comprometió a limitar la entrada a 400.000 turistas al año. Hoy ya son 600.000 y están construyendo un puente de cristal para que los turistas puedan cruzar a nuestro lado del canal y pasear por la puerta de nuestra casa”

Ustedes los que viven aquí, ¿no pueden presionar a la fundación que gestiona Kinderdijk para limitar el acceso de los turistas?
Es lo que nos gustaría, pero no es tan fácil. La Fundación es el propietario de estos molinos y pueden echarnos como a cualquier otro inquilino. Y lo que estamos pidiendo es que, al igual que ocurre en otros museos como el Rijksmuseum de Ámsterdam, los turistas reserven una hora de entrada. De esa manera ellos lo visitan sin hordas de gente y nosotros lo sufrimos menos. Pero la fundación Kinderdijk no está por la labor. Al contrario: en un primer momento dijo que dejarían entrar a un máximo de 400.000 turistas al año, y ya han sobrepasado esta cifra. Porque de esto ganan muchos: el ayuntamiento de Dordrecht, el de Róterdam, la provincia, el Waterschap y la propia fundación. Nosotros no recibimos un céntimo, al contrario, yo pago 350 euros al mes por vivir aquí. Es verdad que la organización se encarga del mantenimiento externo del molino, y el año pasado una reparación del nuestro costó medio millón de euros. Pero nuestra queja no es por una cuestión de dinero, sino contra la idea de convertir esto en un lugar por y para los visitantes. Y sorprende que esté fomentado por la UNESCO. Es como si en Egipto a alguien se le ocurriera que hay demasiado polvo a los alrededores de las pirámides y decidieran asfaltar el camino, para la comodidad de los turistas. Con el añadido de que aquí vive gente. No puede ser. Pero la organización manda, y aunque está acordado que todos los molinos permanezcan habitados, si quieren pueden cambiar la norma, abriendo una tienda o un bed and breakfast. No tenemos ningún poder sobre ellos.

Cuéntenos cómo es su rutina diaria en el molino.
Si me preguntas las horas que trabajo en él te diría que no lo sé, porque es constante. Nada más levantarme chequeo el tiempo y decido si lo hago girar, dependiendo del viento (debe girar una media de una vez por semana). No es una cuestión del tiempo que le dedico sino de cómo vivo el molino. Porque es como una simbiosis, es una sensación rara, de dependencia mutua. Si algo falla en el molino sé que es porque yo he hecho algo mal. El molino exige mucha atención y esfuerzo físico, es una máquina del siglo XVIII que hay que saber manejar. Hace años pasé por un burn out y no me sentía con fuerzas para hacerlo girar. Así que yo estaba baja de ánimo y, en consecuencia, nuestro molino no giraba. Con los vecinos nos comunicamos así también. Sabemos qué tal están por sus molinos: si no paran de girar o lo dejan quietos un tiempo, ummm, algo no va bien (ríe).

La fundación Kinderdijk, ¿les exige girar las aspas en determinados días al año?
Sí, hay días clave para el turismo en los que es obligatorio hacerlos girar. Pero si no hay viento yo me niego a hacerlo. Lo siento. Corremos el riesgo de estropearlo, de provocar un accidente o un incendio, porque si el viento viene por la parte trasera no hay manera de hacerlo girar salvo forzándolo. Estamos obligados, en cualquier caso, a desplegar las telas de cada pala, para que los turistas lo vean con ellas sin recoger. Yo preferería no hacerlo. ¿Cuál es el objetivo educativo de todo esto? Los turistas van a ver los molinos parados pero con las telas desplegadas listos para girar, no tiene sentido. Es la paradoja de los lugares Patrimonios de la Humanidad. Se les reconoce mundialmente por su autenticidad y la pierden en cuanto se convierten en destino del turismo masivo. Yo no quiero adaptar mi vida a los que nos visitan. Entran a nuestra casa sin saber que es un molino habitado, nos gritan desde el agua, los del molino de la curva no pueden salir de casa sin salir en la foto… Con todo el respeto a los turistas que quieren disfrutar de esto, hay que intentar que no se convierta en un parque de atracciones y que los que vivimos aquí no nos sintamos como monos.

Hay gente que le diría que ese es el precio a pagar por vivir en uno de los sitios más bonitos de Holanda, ¿no cree?
Soy la primera que soy consciente de ello, no paro de hacer fotos a mi alrededor, a diario. Pero convivo con dos sentimientos enfrentados: por un lado, el de saber que soy muy afortunada por vivir aquí, y me siento muy feliz, y por otro, la rabia de que nuestra privacidad no se respete.

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Anja Noorlander en la cocina de su casa, dentro del molino, que data de 1750 © Alicia Fernández Solla

Para llegar hasta su casa hay que recorrer dos kilómetros en bici, caminando o en barco ¿no echa de menos nada de la vida cómoda de un pueblo o de una ciudad?
No, nada. Si queremos ir al cine o a un museo, lo planifico con antelación. Para hacer la compra no queda más remedio que ir en bici y meterla en el remolque que tengo. Pregunté en Albert Heijn, casi de broma, si podían traerla hasta aquí, pero creo que habrá que esperar a que algún día se pueda hacer con drones, quien sabe. Cuando di a luz, logramos que una de las enfermeras de post-parto (kraamzorg) viniera, pero el médico de cabecera no viene. Para todo, siempre hay que desplazarse. Sólo lo sentí cuando me puse de parto y tuvieron que llevarme en la barca hasta el aparcamiento, tardando bastante, y fue un parto de hospital complicado. Mi hija también está acostumbrada. Para ir al instituto, pedalea estos dos kilómetros hasta el comienzo del camino, allí coge un barco, después otro y luego hace 10 kilómetros en bici. Una hora en total. Pero cruzar dos canales es más corto que la otra opción en la que tendría que pedalear 20 kilómetros. Bueno, en los pueblos en Holanda, los chavales están acostumbrados a hacer kilómetros en bici para llegar a la escuela. No es tan extraordinario. Y si hace mal tiempo, nos aguantamos. En caso de salir de aquí nos abrigamos bien y llevamos un buen chubasquero y si es para volver, tampoco es tan grave llegar mojado a casa. Darse una buena ducha y ponerse pronto el pijama también es muy agradable. Como dicen los nórdicos, “no existe el mal tiempo sino la ropa inadecuada”.

La gran diferencia es que desde aquí todo lleva más tiempo, pero…¡vivo en un molino que tiene 250 años! El tiempo es relativo. Somos una mosca en la Historia, nada más. Aquí me siento rodeada de naturaleza, de silencio, y estos momentos no existen en la ciudad. Para mí son lo más valioso.

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