La noche en la que el mar venció

Y aquel invierno del 53, pasó. El 1 de febrero se cumplieron 65 años de la mayor tragedia que han sufrido los Países Bajos desde la Segunda Guerra Mundial. No tuvo que ver con un conflicto bélico, ni con un ataque terrorista o con una epidemia, sino con el mar, su mayor amenaza. Las inundaciones de 1953 se cobraron la vida de 1.835 personas en el sur del país, un drama nacional que todo los holandeses recuerdan. Desde aquel momento, el Estado se ha tomado muy en serio el mantenimiento de sus diques y la inversión que el país realiza para protegerse frente al mar no se cuestiona. Pero la subida del nivel del mar por el cambio climático y el rápido aumento de la población en regiones como el Randstad plantean nuevos retos a la ingeniería más avanzada del mundo en gestión y control del agua.

Una noche de sábado, fría y de luna llena, una tormenta procedente de la costa de Escocia tocó tierra en el sur del país. Eran las tres de la madrugada cuando los habitantes de Zeeland, Noord-Brabant y Zuid-Holland, se despertaron por el fuerte viento y el ruido ensordecedor. Un muro de agua como nunca antes habían visto se llevó por delante todo, sus casas, sus enseres, su gente, su vida. Los diques que debían protegerles llevaban años sin mantenerse, la guerra los había relegado a un asunto de poca prioridad. Más de noventa explotaron por el efecto del fuerte oleaje y dejaron vía libre al mar, que inundó 200.000 hectáreas sin encontrar resistencia alguna. Cuando amaneció aquel domingo, miles de personas se agolpaban con sus pijamas y sus mantas sobre tejados huérfanos, esperando una ayuda que todavía tardaría en llegar. A mediodía, cuando parecía que lo peor había pasado, una segunda cortina de agua atravesó los pueblos y las ciudades de la costa. Sin diques, sin casas y desasistidos, los supervivientes sufrieron una segunda sacudida, peor que la primera. Silencio, frío, agua por doquier y sed. Así esperaron un día más hasta que el lunes 20.000 militares acudieron al lugar de la tragedia y un día más tarde fueron finalmente evacuados. Aquel fin de semana, el mar se cobró la vida de 1.835 personas y arrasó con 3.000 casas y 300 granjas. Desde entonces, Holanda no mira de la misma manera a la costa.

 

Un museo para el recuerdo

“La tragedia del 53 todavía tiene un impacto enorme en los supervivientes. Al igual que con la Segunda Guerra Mundial, a los que lo padecieron les ha costado hasta cincuenta años poder hablar de ello” relata Siemco Louwese, director del Watersnoodmuseum, en la provincia de Zeeland. Y es que estas inundaciones afectaron a cerca de 600.000 personas y anegaron más de 200.000 hectáreas de terreno, en una región, la del sur del país, principalmente granjera y marinera. Cientos de miles de holandeses perdieron todo de un día para otro. “La combinación de una tormenta especialmente larga y de unos diques en pésimo estado fue lo que provocó el desastre” explica Siemco, quien añade que no sólo en Holanda se sufrieron sus efectos devastadores. En Inglaterra fallecieron 300 personas y otras 25 murieron en Bélgica. El drama nacional aceleró la puesta en marcha de una comisión bajo la cual se dirigirían los trabajos del llamado Plan Delta que contemplaba la instalación de trece presas por toda la costa para reducir el impacto del mar sobre los diques. Las obras empezaron en 1954. Holanda se había propuesto ponerle puertas al mar.

“La innovación tecnológica del Plan Delta fue impresionante para su época pero la mentalidad de la gente no cambia de un día para otro. Muchos habitantes de esta zona todavía temen lo peor cada vez que ven venir una tormenta” comenta Siemco Louwese. El museo que él dirige se encuentra en plena costa, cerca del Oosterscheldekering, la presa de mayor envergadura, y pretende rendir homenaje a las víctimas y “alertar a los jóvenes de la importancia de estar preparados”. Subir a lo más alto de la vivienda ante una alerta de inundación o conocer los teléfonos de emergencia a los que llamar son algunas de las medidas que desde el Watersnoodmuseum se pretenden divulgar. “Porque lo que sí pudimos saber después es que aquellos que trabajaban al aire libre, en el mar o en el campo, fueron capaces de predecir la virulencia de la tormenta antes que otros que no tenían ninguna vinculación con la naturaleza. Y muchos se salvaron gracias a esto” concluye.

Siglos de lucha contra el mar

Mientras en otros lugares del mundo, templos religiosos relatan una historia de vencedores y vencidos, en Holanda son sus diques las catedrales del mar. Desde que en el siglo IX y X se construyeron los primeros con arcilla, arena e incluso madera, los holandeses no han dejado de innovar en busca de construcciones más sólidas. A partir del siglo XVI comenzaron a importar piedra de Alemania o las Ardenas belgas, y siglos después llegaría el cemento. “El problema constante era la erosión” explica el experto en diques Cor Zwanenburg del Instituto Deltares, especializado en el estudio del control y la gestión del agua. Aunque todavía parecían mantenerse en pie, una crecida atípica por encima del NAP (Normaal Amsterdam Peil), una medida de referencia del nivel del agua respecto de la superficie establecida a finales del siglo XVII, hacía que éstos sucumbieran en pocos segundos. Ya antes de 1953, el país había sufrido dos inundaciones graves en 1901 y en 1916. Vivir del mar y luchar contra él ha sido y es una constante en la historia de Holanda. “Una de las lecciones aprendidas de lo que ocurrió en 1953 es que la prevención es clave” explica Cor. “Nunca podremos garantizar al cien por cien que un dique no se romperá” asegura, “pero a través de mediciones con sensores que estamos desarrollando podemos conocer el estado de un dique en su interior y saber cómo reforzarlo a tiempo reduciendo al mínimo la probabilidad de que se rompa ”. Y eso lo realizan en diversos puntos del país, como en la provincia de Groningen, sobre reproducciones de los diques reales.

​La probabilidad que Gobierno y expertos barajan en la actualidad es del 0.01 por ciento, es decir, el riesgo de que los actuales diques y presas en la costa no resistan la fuerza del mar es de uno en 10.000 años. Según los cálculos publicados por el Instituto Nacional de Meteorología (KNMI), esto ocurriría sólo en caso de súper tormentas, que se caracterizan por registrar velocidades de viento de 170 kilómetros por hora y lluvias extremas. Una tormenta con huracán de esta magnitud no ha tenido lugar nunca en el mar del Norte. La de 1953 registró unos vientos de 135 kilómetros por hora. Y los diques actuales deberían poder proteger al país frente a una subida del mar superior a un metro respecto de la que se registró en 1953. Pero el cálculo empieza a perder fuerza cuando se incluye la variable del efecto invernadero. Las probabilidades ascienden a uno en mil años. “Con el nuevo escenario del cambio climático hemos adaptado nuestros pronósticos aunque existen variables impredecibles que no podemos controlar cómo cuánto o a qué velocidad subirá el nivel del mar en el futuro y el ritmo al que se construirá en la costa. Si en unas décadas hay puntos en los que se concentra más población o hay una industria importante para la economía de la zona, es posible que se decida reforzar los diques para obtener una mayor protección porque los daños serían enormes” resume Cor Zwanenburg. Tal y como alerta el Gobierno en su informe sobre la inversión en el programa Delta de 2018, con las nuevas predicciones por el calentamiento global, Holanda sufrirá cinco veces más a menudo lluvias torrenciales y tormentas hasta 2050, una probabilidad que se duplica de cara a 2085. Es por esto que el Estado no cuestiona la importancia de esta partida presupuestaria y ha reservado 17.000 millones de euros para ser invertidos entre este año y 2031. Se trata de poner todos los medios, de innovación, divulgación y prevención para lograr minimizar los riesgos aunque tanto Siemco Louwese como Cor Zwanenburg asumen que “nadie puede asegurar que no vuelva a pasar mañana”.

La presa de Zeeland es la mayor de todas. Desde su inauguración en 1986 ha cerrado sus compuertas totalmente en 27 ocasiones, la última el pasado 3 de enero.

“Estábamos acostumbrados al fuerte viento: nuestra casa estaba construida sobre el dique”

Así comienza el relato de Piet Vreeswijk, uno de los supervivientes de la tragedia de 1953. Con apenas quince años sufrió la pérdida de su mejor amigo y vivió un episodio que le ha marcado el resto de su vida. Esta es una traducción del testimonio que él mismo ha querido compartir con Gaceta Holandesa.

Era sábado por la tarde y mi amigo Hans van Erkel vino a visitarnos. Esa noche jugamos una partida de damas. El viento soplaba fuerte pero como sucedía a menudo no nos preocupamos. Nuestra casa estaba en el Battenoordsedijk y detrás de ella había un pólder, así que siempre teníamos el viento de cara y estábamos acostumbrados a este tipo de ruidos.

Mi amigo Hans se fue a casa a la hora habitual, alrededor de las diez en punto.

Ninguno de nosotros se dio cuenta de que era una despedida para siempre.

Se ahogó con sus padres y sus tres hermanos Kees, Wim y Adrie esa misma noche.

​Eran las tres y media de la noche cuando un fuerte golpeteo en las ventanas me despertó. Un vecino había venido a alertar a mi padre de la crecida del agua. Mis padres, mi hermana y yo decidimos vestirnos mientras mis hermanos Paulus y Arend seguían durmiendo en la habitación de arriba. Pensamos que tendríamos tiempo suficiente para sacarlos de la cama en caso de emergencia. Poco después llegaron los vecinos a quedarse con nosotros, porque nuestra casa estaba construida sobre el dique y su granja a nivel del pólder. Éramos 13 personas.

​Todos huimos al ático.

​Nadie sabía exactamente lo que estaba pasando. No podíamos ver el alcance de lo sucedido. En seguida vimos que se estaban formando grietas en las paredes de la casa. Arrastrado por el agua, un camión de transporte se atascó en nuestra puerta principal, frenando la corriente. Poco después de que mi padre fuera a por mis dos hermanos pequeños que todavía dormían, la fachada frontal de la casa se desprendió arrastrando parte del ático con ella. Vimos como nuestro ático, todavía con la luz encendida, se alejaba a la deriva. Éramos quince personas las que ahora estábamos en lo que quedaba de la parte central de la casa, de unos tres metros de ancho. Por miedo a que se derrumbara, decidimos salir por un tragaluz de unos 40 centímetros hacia el tejado. Cuando por fin lo conseguimos, uno a uno y ayudados por una silla, nos encontramos con los conductores del camión quienes también habían huido al tejado y estaban allí encima. Éramos 19 personas.

​No nos sentíamos seguros en el techo basculante y el grupo pensó que sería mejor refugiarse en el viejo camión. Logramos bajar y al principio creíamos que había sido una buena decisión porque dejamos de oír el viento y ya no sentíamos el suelo moverse. Pero esta sensación no duró mucho tiempo, ya que mi padre pronto notó que el camión se estaba hundiendo. Recuerdo ver en el crepúsculo a Mies fuera de la cabina del camión, en la parte trasera, junto a su novia Leny. De repente oímos un grito espantoso y penetrante y vimos cómo los dos se abrazaban y caían fuera del camión. Después supimos que ambos murieron ahogados. Del camión volvimos al techo de nuestra casa, donde pasamos acurrucados varias horas. Nadie decía nada, cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos.

No sabíamos si el tembloroso trozo de techo donde estábamos todos instalados sería capaz de soportar las tremendas fuerzas del viento que todavía soplaba del noroeste.

Horas después decidimos bajar y nos pusimos a caminar hacia Battenoord en busca de ayuda. Anduvimos sobre lo que quedaba del dique, apenas una estrecha franja de 50 centímetros de altura. Me costaba mucho caminar y recuerdo que uno de los hombres me llevó a sus espaldas. Llegamos hasta la casa del capitán del puerto, en lo alto del dique, la única que no fue dañada. Todos estábamos aturdidos. Había muy poca comida y nada de beber. Las tuberías de agua se habían roto y el pozo de lluvia se llenó de agua salada. Así pasamos todo el domingo. Finalmente a los niños y a una anciana nos llevaron en carretilla hasta otro pueblo donde estaban los primeros auxilios. Yo tenía una herida en una pierna. Después de tantas horas conseguimos algo para comer. La taza de sopa que me dieron me supo deliciosa, después de todas las dificultades por las que habíamos pasado. Era un alivio estar en un pueblo donde no había agua por todas partes y en una casa con todo lo necesario, incluso con camas para dormir.

Al día siguiente fuimos transportados en barco a Rotterdam y nos alojaron en el Ahoy donde había comida, bebida y juguetes para los niños. Tras curarme la pierna me devolvieron con mis padres.

Toda la familia sobrevivió.

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